sábado, marzo 04, 2006

Pasos y pasitos

Pasitos diminutos. Pasitos inútiles. Pasitos, pasitos. Pasitos que no pueden sortear las raíces, que no pueden evadir las ramas muertas, las ramas vivas. Pasitos, pasitos de niña buena, que corren, que la corren, ella los usa, y ellos la corren, la ayudan. Pero son pasitos, los pasitos no logran diferencias, no salvan distancias. Pasitos, pasitos; pasitos de niña.

Pasos inmensos. Pasos viciosos. Pasos, zancadas. Pasos que acortan en un segundo las distancias, que arrastran el peligro, que lo llevan consigo. Pasos, pasos de lobo malo, que persiguen, que lo corren, él los usa, y ellos lo corren, lo ayudan. Porque son pasos, pasos que alcanzan objetivos, pasos de cazador, de bestia. Pasos, pasos; pasos de muerte.

La niña jadea, desesperada, asustada, lloriquearía si pudiera, pero aun no ha tomado conciencia de lo que realmente va a suceder, pues es una niña y aun no tiene la experiencia, no fue devorada todavía, y como viene la historia, no lo será después. Se tropieza, sus rodillas le duelen porque dieron de lleno contra una piedra (roma por suerte) y ahora la piel le sangra y las fuerzas se le escapan por las heridas, como si fuese agua que mana por las tuberías dañadas ¿Pero qué importa? En pie, y de vuelta a correr. Los bucles dorados, una vez perfectos, están ahora enmarañados, sucios de barro y de lágrimas, de mocos y miedo. El aliento lujurioso en la nuca, lujurioso de sangre, de carne. Su pequeña caperuza desgarrada de un zarpazo invisible, lo poco que quedaba de su valor hecho jirones, sus fuerzas doblegadas, las rodillas vencidas, ya no puede más, sus piernitas (hechas para dar pasitos) no pueden aguantar ese ritmo.

El lobo da un salto, la rodea, salta de una piedra hacia un árbol como una pelota que pica, hasta quedar encima de ella, regocijándose de su victoria, de la cacería fructuosa. Abre las fauces y envuelve la cabecita de la niña, la niña que cierra los ojitos, ojitos hechos para ver el sol, las flores, a su madre, a su padre, pero nunca unas fauces, ni de lobo ni de hombre, ni de nada; las fauces no son lo que esos ojitos deberían ver, por eso se cierran.

El lobo ya siente el sabor de su piel, porque la lengua le cae como muerta sobre la carita de la niña, y saliva, saliva de loco placer, frenética hambre insaciable de lobo asesino. Y de un golpe las fauces se cier…

No.
Así no es, así está mal. Esta historia no existe, porque no puede existir. Así no debe ser, estuvo mal desde el principio.
Sí.

Una manito pequeña, una manito de niña, agarra la garganta del lobo, la aprieta, como si fuese una flor en el prado, la aprieta con fuerza, un segundo, dos segundos, tres segundos: la garganta cede, se parte, se rompe.

Garganta gruesa de lobo malo, garganta hecha para tragarse niñas, abuelas, leñadores. Garganta rota de lobo malo, garganta hecha para tragar aire, inútil ahora. El lobo intenta retroceder, sus fuertes piernas no entienden, antes eran fuertes, ahora ya no. La niña lo aferra por la garganta, aprieta con más fuerza, aunque ya la rompió sigue apretando, quiere hacerla polvo, porque antes no tenía valor, no tenía fuerzas, y ahora sí; tritura.

El lobo patalea, intenta gemir, intenta zafarse, luchar, sacar fuerzas de la galera. Pero para todo esto necesita su garganta. Las patas del lobo se retuercen, arañan, desgarran las ropitas de la niña, remueven la tierra húmeda del suelo, escarba en busca de alivio. Ya se rindió, ya sabe que no puede escapar; escarba en busca de la muerte, pero ésta no llega.

La niña se pone en pie, desnuda, sostiene aun al lobo, al pobre lobo, lobito. La niña es grande ahora, su mano no se abre, no quiere soltarlo, le aprieta el espíritu, lo tortura, porque ella sabe que si lo suelta él se muere, y ella no quiere eso. No, no, aun no. La niña lo sostiene sobre el suelo, su cuerpo inerte, pobre lobo, sin esperanzas de alivio, de muerte.

Y ahí la sonrisa le nace, la sonrisa de lobo, se relame, se regocija de la cacería fructífera. Parece que va a reír como reiría una niña, pero de su garganta de niña sólo sale un aullido, uno lleno de lobonidad, de hambre, de lujuriosa sed. Y la sonrisa se le borra, devorada, la pobre loba, pobre. Pobre niña lobo, qué culpa tiene.f

sábado, febrero 25, 2006

Pared

A pesar de que son las entradas menos leídas, yo sigo dejando cuentitos, porque es lo que más me relaja =P, y al fin y al cabo, este blog es mío desgraciados! ^^
Un saludo
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Vivíamos cada cual de su lado. Ellos se llamaban Fernández, nosotros Martínez. Ellos tenían el pelo como enrulado, horriblemente rubio. Nosotros, en cambio, hermosas cabelleras negras y lacias. Ellos eran torpemente altos, siempre inclinándose para entrar por las puertas, siempre irguiéndose para mirar por encima de la pared, para ver lo que hacíamos. Nosotros en cambio, de estatura adecuada, no teníamos que inclinarnos y si la tentación de espiar nos asaltaba, daba igual, porque de todas formas no podíamos mirar por encima de la pared (excepto desde el segundo piso). Las diferencias siempre fueron innumerables, casi tantas que uno podría decir “ellos son de una especie, nosotros de otra”.

El tío Enrique era el que nos despertaba por las mañanas, él ponía el tocadiscos a todo volumen, nos sacudía las camas un poco haciendo marchar al escuadrón de termitas patonas, y finalmente abría las ventanas. Nos levantábamos de mala gana, aunque rápidamente llegaba el pensamiento de las tareas que teníamos que hacer aquel día. Juntar todos los clavos del patio, con diez de ellos armar un balde que tenga la capacidad de contenerlos a todos, luego llamarlo al primo Aurelio para que se los lance a los Fernández, cruzar los dedos para que le pegue a alguno, y luego continuar con la recuperación de las defensas rotas el día anterior. Preparar la comida, limpiar la casa, cuidar a los heridos y mantenerse a salvo eran cosas de todos los días, por lo tanto nunca nos motivaron para levantarnos.

El perico salió de no sé dónde. Un día estaba ahí, tenía una pluma y escribía en papel higiénico. Al principio le tirábamos con los zapatos, pero cesamos rápidamente, con los clavos en el suelo no se puede andar descalzos: Así lo atestigua Robertito, que perdió su calzado al lanzarlo por encima de la pared y al rato perdió la compostura al pisar un clavo con plena planta del pie. El bicho, el perico, a veces se nos quedaba mirando durante horas, con la pluma en una mano y el papel en la otra, aunque luego de un análisis nos dimos cuenta de que jamás escribía nada. El papel (a pesar de ser escaso) nunca se le terminaba. Así que dijimos: Podemos dejarlo en paz, si es un espía es uno muy malo.

Pasaron así los días con el perico que nos miraba impávido, nosotros tirando nuestros clavos, los Fernández tirando los suyos, a veces levantando un poco más la pared, hasta que poco a poco ganamos total cobertura, y ni ellos ni nosotros pudimos ya ver para el otro lado (ni siquiera desde el 2do piso). Y ahora Aurelio ya no podía tirar los clavos sólo con sus brazos, empezamos a desarrollar métodos sofisticados para el lanzamiento de los clavos, y métodos más resistentes para soportar las rociadas de los Fernández, ya que ahora sus clavos caían por algún motivo con más fuerza y potencia, perforando las simples protecciones de tergopol.

Todo se mantuvo tranquilo, hasta que el perico empezó a escribir. Escribió primero lo que pareció una palabra, y todos nos pusimos nerviosos, algunos se descalzaron y a pesar de las múltiples heridas que sufrían sus pies corrieron hasta el perico y le lanzaron los zapatos, pero obviamente el dolor no les dejó ajustar la puntería y fallaron. Luego escribió un poco más, unas pocas palabras, tal vez una simple frase, pero igualmente peligrosa… Guardó la pluma y el papel y alzó vuelo. Un sudor frío me empapó la espalda. Parecía que todo estaba perdido.

Formamos un escuadrón de recuperación que haría lo impensado: Cruzar la pared, capturar al perico (vivo o muerto) y recuperar el mensaje, si es posible, antes de que los Fernández lo estudien. Situaciones desesperadas requieren soluciones desesperadas. Estábamos ante un momento de todo o nada, y no podíamos ponernos a pensar en las contingencias de la vida. Aurelio iría para encargarse de cualquier problema violento que nos encontráramos, el tío Enrique vendría por si alguno se dormía, y luego estábamos el Paco, Josefo y tal vez Herodes.

Cruzar la pared fue más sencillo de lo que pensábamos. Salimos primero por la puerta nuestra que daba a la calle, luego caminamos por la vereda como quien va a comprar el pan (con la sutil diferencia de que doblamos para la derecha, y no para la izquierda) y luego, llegando frente a la puerta de su casa, nos detuvimos, siendo invadidos por un respeto silencioso, o tal vez un simple pánico momentáneo, de todas formas, recuperamos nuestra determinación, y abrimos la puerta… Como esperábamos, los muy tontos estaban demasiado confiados y no apostaron guardias en la entrada. Como con pies de lanas nos movimos por toda la casa, y salimos al patio, allí mismo vimos al perico, durmiendo sobre la rama de un limonero; no podíamos creer nuestra suerte: tenía el mensaje en la pata. Como era de esperarse, fue Aurelio quien sin dudarlo, dio un salto y le encajó un coscacho al bicho, que cayó inconsciente en el acto. Lo agarró, lo sacudió un poco: Cayeron pluma, papel y mensaje, todos juntos. El Paco los agarró, dimos la vuelta, y salimos corriendo, un gran problema porque Enrique acostumbrado a acompañar en su marcha a las termitas patonas dio pisotones a cada paso, despertando a los Fernández. Uno de ellos, grandote y de mirada fiera nos cortó el camino, Aurelio le metió un trompadón y pasamos saltándolo o esquivándolo. Fue al único que vimos, de los otros sólo escuchamos los gritos que venían de atrás, injuriando nuestras personas y las de nuestras madres. Por fin salimos de ese lugar infernal, doblamos a la izquierda y ya estuvimos en nuestra casa. Respirando agitados nos miramos unos a otros, serios, pensativos, y como es normal en este tipo de situaciones, entramos a reírnos con ganas.

El Paco sacó el mensaje, se lo pasó a Josefo que tenía un postgrado en lenguaje avícola, y este lo leyó en voz alta.
-Dice- carraspeó un poco, porque tanta acción le había dejado un nudo en la garganta y prosiguió –“¿Cuál es la diferencia?”
Miró el papel por atrás, por adelante, lo dio vuelta, tapó un par de letras con los dedos y cuando no supo qué más hacer nos miró. El buen ánimo de antes había desaparecido, y una sensación extraña nos invadía, y ninguno sabía bien por qué.






Este cuento nació de la frase:
“Y el perico se cayó al mar. Y mandó un telegrama que dice: ‘¿Cuál es la diferencia?’”
Haciendo una extrapolación de "mar" y de "cayó" y de "demás", se puede entender un poco la relación que tiene este cuento con esta frase xD..... Perdón =P






martes, febrero 14, 2006

No pise el césped, por favor

O su versión más popular “Prohibido pisar el césped” so pena de muerte (acotación que generalmente no es incluida, pero se sobre entiende). Es un mensaje que tal vez la mayoría de nuestros lectores preferiría ignorar antes de dar la vuelta consecuente que amerita recorrer los caminos preestipulados por las nobles ordenanzas municipales. Tal vez argumenten: “Yo en casa piso el césped y nunca pasó nada”, lo cual siguiendo la lógica del sentido común habilita al lector a pisar el césped de zonas públicas y/o privadas. Sin embargo esto no sería otra cosa que una tendencia retrógrada a nuestras viejas costumbres inductistas, obviando en el proceso un siglo de avances científicos y psicológicos (¿o era pcientíficos y sicológicos?), pues su análisis pseudo empírico deja de lado un sin fin de variantes y suelas. Es sabido que aquellos céspedes protegidos por la mencionada leyenda son susceptibles día a día a una innumerable cantidad diferentes de pies. A veces son zapatillas, a veces botines, otras tacones, en ocasiones sandalias u hojotas, hasta se ha llegado a notificar de salvajes que osan pisarlo descalzos, sin mencionar los animales: Y no sólo los más populares –perros, gatos, lulus-, sino también esos más ignorados, pero que posiblemente tengan tanta importancia (cuando no más) que los antes mencionados; hablamos ni más ni menos que de los conocidos hipopótamos con sus degenerados giros de ballet, los cocodrilos capaces de descargar cantidades ingentes de saladísimas lágrimas, o las avestruces (no mencionemos sus odiosos hábitos), los chimpancés, los dodos, los kiwis, los ciempiés (y sus desagradables primos los milpiés), las boas constrictoras (cabe mencionar que en una primera versión de este documento incluíamos las anacondas, pero gracias a un detallado informe de nuestros colaboradores, podemos decir, sin miedo al error, que las anacondas son incompatibles con el césped de plaza pública por su mortal alergia al mismo), y quién sabe cuánta alimaña más (tan dañinas para nuestro querido césped).

Es por todo esto que desde la noble institución que nos une como miembros fieles de la Municipalidad (nótese por favor la simplicidad con la que se enuncia “Municipalidad”, sin ningún tipo de adjetivo empalagoso, dejando en evidencia nuestra tan apreciada humildad) hace formal por escrito el recordatorio al pueblo argentino para que respete las normativas y cese el pisar los céspedes patrióticos.


Lo saluda atentamente: Su gobierno.
Que tenga un buen día, ciudadano.
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Quiero dejar en claro que este texto no tiene ningún tipo de afiliación política de ninguna clase. Su único propósito, como lo es el de todos mis escritos, es el de la Dominación De La Raza Humana Y Su Posterior Exterminación, acotando además que todo esto se logrará algún día por métodos pacíficos (lease: no violentos, que no pacíficos al estilo general, es decir, de homogeneización forzada).

viernes, enero 27, 2006

La boca del Nihil (Descripción II)

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Ahí mismo, al borde de la cascada es cuando lo perdés todo, cuando te das cuenta de que todo el camino que hiciste fue para nada porque igual ya te perdiste. No es cuando te sentís cayendo, cuando sentís que la gravedad (gravedad de seriedad, aunque también de atracción) te chupa inexorablemente hacia los vacíos infinitos del existencialismo; es justamente antes. Vos marchás tranquilo por el costado del río lejos del peligro de empaparte, porque para eso sos un pensador; los que se empapan siempre terminan pescándose una locura (que hace las veces de resfriado) incurable y crónica (sí, las dos a la vez, como siempre). Y vos te burlás de los que se empapan. Aunque ellos tienen la decencia de pescarse de una rama justo antes de caer por la cascada, porque al estar metidos hasta el cuello pueden sentir cómo cambian las corrientes, cómo el agua se pone patafísicamente fría, cómo las piedras se vuelven más redondeadas, menos tajantes, menos dolorosas, y todo eso no puede ser signo de otra cosa que del fin mismo, de la boca del nihil que ya está ahí; pero ellos safan y mueven pueblos. Pero vos, vos que sos un pensador, no te das cuenta porque estás abstraído pensando en cómo las aguas son grises, marrones, negras, verdes, azules inclusive pero nunca amarillas o violetas ni tampoco turquesas o rosadas. Entonces, pensando en estas cosas (que la mayoría llama pelotudeces, pero vos que sos un pensador sabés que no existen las tonterías, que todo pensamiento vale por sí mismo, más allá de su utilidad o coherencia) no te fijás en el abismo que se abre abajo tuyo. Ibas tan bien ahora que te quedaba tan poco por descubrir, te faltaba un pelo, un nada, y ya estabas en el cielo, en el saber, en el nirvana y esas cosas. Seguro de que ibas a conocer todos los secretos, seguro de que tu próxima sonrisa iba a ser eso, una sonrisa sin tonos, una sonrisa y nada más, clara y pulcra, without everything, excepto por la sonrisa misma. Entonces ya te estás cayendo. Y antes de esta frase, antes del “Entonces ya te estás cayendo” entra esa sensación de que perdiste el tiempo, de que todo fue al divino cohete, de que para nada debiste tomar ese rumbo. Esa sensación que llaman vacío existencial. Aunque a veces ponés en duda la fuerza de esta expresión (en realidad, mientras caes, te das cuenta de que ninguna expresión tiene fuerza), pero entendés al menos que ese vacío, ese por el que te estás cayendo, en realidad está adentro. Y vos te caes para adentro, te caes sin poder sostenerte, porque para adentro no tenés manos.

jueves, enero 26, 2006

Hambre

Toca cuento de nuevo. Me dice uno que perdí el rumbo, que mi blog no tiene sentido de ser. Tiene razón, pero yo lo-mandé-a-cagar-igual.

Este es de un sueño.

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Papá golpeó el plato vacío. Lo golpeó tres veces con el tenedor, mirándonos severamente a todos. Mamá hacía como que no estaba, aunque a veces creo que de verdad estaba ausente. Franco en cambio bajaba la cabeza como aburrido más que asustado. Miraba su plato (vacío) respetuosamente, esperando que papá nos soltara el escarmiento. Pero esa vez no llegó, sólo se paró y caminando lento-lento se fue, supongo que a la pieza, pero daba igual, lo importante era que ahora estábamos solos. Entonces fue como siempre: Mamá volvía, nos acariciaba las caras un poco, yo no la miraba entonces, porque siempre se le mojaban los cachetes y era feo verla así, mojada y silenciosa.

Los días pasaban más despacito en esa época, no les gustaba irse. Con Franco siempre decíamos que el día le tenía miedo a la noche. Tardaba en irse, pero una vez que se no estaba, ya no volvía hasta mucho tiempo después. Mamá se pasaba el día espiando a papá y escuchando la radio, las noticias, siempre con hambre. Se comía las uñas, se peinaba el pelo, hacía bailar el talón. Siempre con hambre. Nosotros en cambio jugábamos en el patio, que por suerte era más grande que la casa, y así no lo veíamos a él. Nos pasábamos el día entero jugando hasta que el hambre nos dejaba pensar en sólo unas cuantas cosas, entonces volvíamos a la casa porque ya era hora de cenar. Nos sentábamos, papá miraba el plato (a veces inclusive lo golpeaba) y después nos decía las verdades, gritándolas, porque las verdades de verdad se tienen que gritar, o no valen nada.

Pero después de la primera vez que no gritó, después de la vez que se levantó y se fue lento-lento, no volvió a decirnos verdades. Se quedaba siempre mudo, a veces todavía golpeaba el plato, pero no decía ninguna palabra y se iba. Se iba y dejaba volver a mamá.

Entonces la radio empezó con las noticias que le daban tanta hambre a mamá. Ahora le bailaban los dos pies, ahora no le quedaban uñas, ahora se parecía mucho a papá.

Y las noticias llegaron. Dijeron lo que teníamos que hacer, que no había otra salida, decía mamá, porque es lo que nos dicen en la radio, y ellos saben, siempre saben. Y papá la miraba todo serio, severo, y meneaba la cabeza, no puede ser, decía. Pero igual llegaba la cena, y el plato vacío, y los tres golpes, así habló el doctor Heraldo Menorsio, licenciado en ciencias de la salud y la alimentación, y papá insistía, no puede ser, y entonces parecía que iba a gritar, pero en cambio se paraba con el cuchillo en la mano, se acercaba a mí, después a Franco, y en los ojos se le metía una mirada rara, una mirada que no habían tenido antes.

No sé qué pasó. Yo le estaba explicando a papá que él era viejo, que mejor él que yo. Yo se lo explicaba mientras estaba en cuclillas sobre él, con el cuchillo a medio clavar en la garganta. En los ojos tenía toda la severidad de siempre, y parecía que iba a decir verdades, y yo me moría de miedo, pero nada salía de él. Mamá estaba calentando el agua en la cocina, muy contenta, le decía a Franco que buscara el machete grande en el fondo, porque así iba a ser más fácil ¡Qué contenta estaba mamá! Y yo le explicaba a papá, y él me miraba, moviendo los labios, diciendo palabras parecidas a las verdades, pero no gritaba, no podían ser verdades. Comerse los unos a los otros, en la radio saben, siempre saben.

miércoles, enero 25, 2006

Descripción I

Brevísima descripción.
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Viento que sopla. Hojas que vuelan. Estrellas que brillan. Luna que observa. Amantes que suspiran. Árbol que oculta. Cuerpos que pican, se rascan. Voces que susurran. Bocas que besan. Hechizo que se entrama. Magia que embruja. Escena perfecta. Cuerpos. Cuerpo. Dos. Uno.

No hizo falta preguntarse por qué ahí. No hizo falta que siquiera se preguntaran si estaba todo bien. Era simple: El lugar los invitó, ellos aceptaron. Así es entre ellos, así fue y así es. Aunque ellos no tienen rostro, ni siquiera nombre o color. Son los amantes. Lo fueron, lo serán. Todos hemos sido ellos, y ellos han sido todos.

Un momento, tal vez, de efímera pureza en la línea de nuestras vidas. Momento donde la razón sabe que no tiene cabida, y ni siquiera se molesta en dar voz de sus pensamientos. Un instante donde somos dueños absolutos de nuestro presente, pues ni el pasado ni el futuro están allí para aconsejarnos, recordarnos o amenazarnos.

Los amantes. Pureza efímera, manchada de humanidad hasta los huesos. Momento único, donde importa todo y a la vez nada. Momento donde valoramos la vida como en ninguno olvidándonos por completo de ella.

miércoles, enero 18, 2006

El Humo

Anoche tuve un sueño, me pasa seguido estos días. Sueño que escribo, pero lo hago de una forma que me parece, en el sueño, increible y hermoso. De hecho, en el sueño puedo leer los escritos, y son fantásticos! jajaja, pero al despertar las palabras se empiezan a borrar, los conceptos se debilitan... y finalmente no queda más que una frase. Este escrito que dejo acá nació de una frase perdida por ahí, no importa cual (no traten de adivinar porque seguro le erran, jaja)
De todas formas, advierto: No tiene valor alguno este escrito, fue sólo práctica, y va a ser disfrutado por el que tenga ganas de leer algo y nada más =P. Ligerísima investigación de por medio.. y "walá" (nunca me acuerdo como se escribe, es voilé?)
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Aspiró profundamente, tan profundamente, que luego de llenar sus pulmones, el humo le llenó el ser. Los ojos blancos delataban una desorbitación, y la boca ahora semiabierta, semicerrada, dejaba escapar con suavidad el humo, lo dejaba salir a su propio ritmo, porque de sus pulmones no salía ningún aliento.

Denso, el humo se apoderó de todo el lugar, y por fin ella dejó salir todo el aire que la llenaba, como un suspiro, como un resoplido. Y el humo se arremolinó en torno a la mujer, pero ella ya no estaba allí: Su alma se había internado en la noche sin nubes; sin esperanzas.

Caminaba, aunque cualquiera diría que más bien flotaba, a lo largo de unas praderas verdeamarillas, el color que existe sólo entre el verano y el otoño, ese color que deja ver, a través de la vida, el halo de la muerte. Un camino de hojas caídas, piedras florecientes y mechones de pasto atrevido la condujo a su destino.
-¿A qué has venido?- dijo él.
-Otil Nau, mi nombre es Kosp, señora de los Aonikenk- su voz sonaba suave y dulce, como si fuera la de una niña, pues aunque su cuerpo era el de una anciana, su espíritu se mantenía aun joven.
-Sé quien eres, mujer, no es eso lo que he preguntado- explicó con paciencia el espíritu.
-Mi pueblo teme, Otil Nau, la tierra nos ha estado enviando señales, el cielo también…
-Su temor tiene un motivo- interrumpió él –Nuevas gentes, pequeñas y pálidas, se acercan, nadie aquí sabe bien qué es lo que buscan, pero hemos visto sus espíritus… Están sucios y ensucian todo lo que tocan.

Una mano gruesa apretaba la mano de la anciana, su cuerpo le dolía por el largo periodo que había pasado acostada en la fría piedra, la fogata se había apagado hacía ya mucho tiempo. Era Kai Kau, la miraba con cariño y respeto, como la había mirado desde el día en que ella, a sus doce años, le había salvado la vida luego de una mordida de víbora, succionando el veneno de la herida.
-madre Kosp- su voz era gruesa, gutural -¿Qué sucedió?

Ella guardó silencio. “Están sucios y ensucian todo lo que tocan” vino a su mente, y cerró los ojos, buscando entender estas palabras. Eran tiempos de cambios… ¿Estaría lista su gente para el cambio?
-Volvamos, Kai Kau…

domingo, enero 08, 2006

¡Dormir...!

-¿Qué pasa?


Las estrellas distraen al viajero con su belleza imposible, una suave briza sopla con dulzura arrastrando consigo el olor de los eucaliptos. Fresca y apacible la noche ha decidido enzarsarse en el corazón del cuidador del faro.
-¿Qué pasa?- repitió, no entiendiendo bien.
-¿Por qué la has apagado?

El cuidador se rasca la cabeza sin entender, o más bien, sin querer entender; sabe bien a qué se refiere.
-Estoy cansado- responde -¿Me dejarás descansar?
-No soy yo el que te mantiene despierto, ve a dormir.

El olor de la madera innunda su cabaña. Una cama destendida, una mesa con un plato sucio, un vaso vacío y una chimenea largamente inactiva son los únicos habitantes (aparte del propio cuidador) de la casa. Todo, junto con el dueño, está descuidado y envejecido.

-¿Hasta cuándo descansarás?
-Hasta que el cuerpo me lo pida.
-¿Cuánto será eso?



Con extremo cuidado, como si temira romper algo, el cuidador acomoda los trastes que descansan en la cima de su faro. Una docena de libros a medio leer, una pluma y un montón de papeles. Hay también un reloj de bolsillo bellamente decorado, tal vez mañana lo repare, se dice a sí mismo. Lleva años sin funcionar. Finalmente se decide y apaga la luz.
-¿Qué pasa?

viernes, enero 06, 2006

Perdidos (título genérico No. 32)

Este cuento nació por nacer, sin embargo lo leo y le encuentro sentido... Espero que ustedes también =P.
Igual, tengo cierto... no sé. Lo pongo acá porque me dijeron que lo ponga nomás xD. La verdad que ... Bueno, a ver qué les parece...

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La primera vez que te vi no parecías vos misma. Estabas vestida espléndidamente y tomabas te junto a dos gordos aristócratas que no hubiesen distinguido la harina endulzada de un pastelito suizo. Vos te reías aburridísima de sus chistes mal contados y yo te miraba sin saber bien qué hacías en ese cuadro. Es que dentro de toda esa pelotudés bizarra, vos estabas preciosa. En eso creo que me notaste vos también a mí. Me miraste de prepo y reíste por lo bajo, porque sabías que yo tampoco tenía que estar ahí. No hizo falta nada más, ya estábamos charlando, no sé de qué porque la verdad que estabas con tus ojos que brillaban como diamantes y ese vestido que más parecía un arbolito de navidad…

Entonces yo no sabía nada de vos, todavía no estaba al tanto de lo que se me venía encima. No sabía de las puertas que el cerrajero a veces se olvidaba sin llave, no sabía tampoco de la forma en que podía buscarte para verte de nuevo. Cuando abrí los ojos, aquella vez, me acuerdo que entraba el sol por la ventana y yo confundí los huequitos de las persianas con tus ojos. Pero cuando aclaré la vista entendí que no, entendí que me dolía todo el cuerpo y que había estado durmiendo, soñando.

Cuando te encontré la segunda vez fue bastante bochornoso, porque yo estaba con Claudia o Julia pasándola bomba y ahí apareciste. Parecías indiferente, bastante confundida, aunque poco a poco una cosa como de familiaridad se fue apoderando de tu mirada y después ese mismo aburrimiento de siempre. No pasó mucho antes de que yo me olvidara de la piba genérica de fantasía para atenderte a vos. De nuevo nos encontramos hablamos de cosas, pero como siempre, las palabras eran sonidos lejanos, murmullos, suspiros, de todo menos palabras. Pero nos comunicábamos, de alguna forma lo lográbamos. Me empezaste a contar cosas, primero cosas que no parecían interesarte, cosas que eran de alguien más o que tal vez ya habías contado tantas veces que te daba igual. Y esa era la sensación: Lo hacías como si ya lo hubieses hecho mil veces, o más.

Así nos vimos montones de veces; en sueños propios, en sueños ajenos. Me fui enamorando de todo lo que vos eras, aunque no eras nada en realidad, aunque eras pura ilusión y engaño. Pero diferente a la vez, porque yo no te soñaba jamás. Vos estabas en mis sueños, pero yo no te soñaba. Eras independiente a mis fantasías y eso fue lo que más me turbó al principio. Porque era obvio que si te encontraba en mi cabeza, tenías que ser parte de mí… Bueno, así pensaba yo, hasta que te encontré con él. Todo a su alrededor parecía temblar, pasar de lo real a lo irreal en un instante, crearse y destruirse a cada momento, ser y no ser, constantemente. Todo salvo vos que te mantenías tan indiferente como siempre.

Él tardó un poco en notarme, pero yo no podía dejar de mirarlo, porque de alguna forma sabía que aun cuando vos no pertenecías a ese lugar y yo tampoco, él…a él la palabra pertenecer no le afectaba: Él era ese lugar. Él era los sueños, él era todo lo que los sueños son. Lo supe al instante y ya quedé hechizado. Desde ese momento y para siempre no pude desear ni hacer nada en su presencia, salvo contemplarlo.
-Soy a quien jamás debiste encontrar, mortal- dijo él, y sus palabras fueron palabras. –Porque estoy mucho más allá de tu percepción, de tus sentidos. Si hoy puedes verme es sólo porque su voluntad te lo permite. Tal es su grandeza.

… En su voz no había enojo o emoción alguna, estaba teñida de siglos y eras. Escucharlo era como observar las estrellas…


La encontré mientras tejía un sueño que no era para ella, curioseaba donde no debía, caminando los caminos que sólo yo he de recorrer. Esto, aunque extraño, estuvo lejos de sorprenderme, pues no era la primera vez que un alma descarriada terminaba perdida y desconsolada… Lo que sí me impactó fue descubrir que no sólo yo podía verla. Sus ojos, clavados en los míos, parecían reconocer quien y qué era yo. Entenderás, mortal, que esto no ha de ser así, que no es prudente que el ojo humano pueda ver al viento que mueve las nubes o los hilos que del tiempo tiran. Así soy yo, una fuerza que está más allá de vuestra comprensión, más allá de cualquiera de vuestros sentidos.

Y sin embargo el velo había caído ante ella. Entonces me interesé, encontré algo diferente en la vastedad de lo eterno. Una criatura capaz de ir más allá… Comprendí entonces que había malinterpretado: Ella no estaba perdida y desconsolada, sino que había descubierto una manera de pasear, de internarse en la red de sueños que yo cuido y controlo. Recordé entonces que hacía siglos que no limpiaba la memoria del cerrajero, cuya tarea es la de poner llave a las puertas luego de que yo las utilizo. Y sin embargo, a pesar de éste, mi desliz, no fue otra la razón de que ella estuviera donde no debía más que su propia voluntad.

Entonces quise ponerla a prueba. Decidí jugar… y jugué. Si ella había tenido la capacidad de cruzar la barda, ¿Tendría la voluntad para regresar? Tomé los caminos y los mezclé, cambié las señales, me llevé las puertas y dejé ventanas, pinté lo que antes era vacío y vacié lo que antes era imagen, hasta que finalmente mi mundo dejó de ser el que era. Uno distinto, uno que vivía y se moldeaba cada vez a sí mismo. Ese fue el resultado.

Hace siglos que su cuerpo ya no es. Porque vosotros, los mortales, sois tanto cuerpo como voluntad. Ella quedó atrapada, pues demoró tanto en regresar que su cuerpo la olvidó y pereció lejos de su dueña. Ahora su voluntad vaga buscando la perdición final, buscando el destino para el cual fue creada en un principio: El cesar.

Tal vez yo no sólo haya querido jugar. Tal vez sea cierto que hasta quien hace el sueño sueña a veces con algunas cosas. Es cierto, que existe la posibilidad de que yo amara a quien pudo cruzar las barreras… Pero ese alguien ya no existe. Supongo que jugar siempre tiene un precio, siempre que se apuesta se pierde algo. Y yo perdí, y ella perdió. Y tú, mortal ¿Jugarás?






Cuando terminó de hablar yo ya estaba despierto, mirando las persianas de mi ventana, entrecerrando apenas los ojos para contrarrestar lo fuerte de la luz del sol, sintiendo el dolor del cuerpo, el calor del medio día.

Ese fue el día que me di cuenta de todo. Me di cuenta de que no importaba cuánto tiempo pasara con vos, cuánto buscara la forma, vos siempre ibas a estar allá: en mis sueños. Lejos de mí y de vos a la vez. Lejos de todos. Y es irónico, porque soñé muchas veces que te liberaba, pero ese sueño era una pintura más de él, otro intento por liberarte. Y yo me doy cuenta siempre, me doy cuenta aun mientras lo estoy soñando, porque mientras corro tomándote de la mano a través de ese pasillo infinito que separa lo onírico de lo real, vos estás a lo lejos, mirándome aburrida, distraída.

… Y así cruzo siempre la frontera: Solo, arrastrándome hacia las horas de cordura que me dicen que estoy loco y que todo eso, que vos, toda vos, no sos más que un sueño, una fantasía…

lunes, enero 02, 2006

El vendedor: 1er entrada

Este es un personaje que conocí una vez mientras espiaba en un sueño que soñé, pero no era para mí. Me descubrieron a la mitad de la función y me echaron a patadas. Pero no importa, capté lo importante.

El vendedor es un sujeto peculiar, al cual no voy a describir, mejor que se describa él solo.
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-Buenos días, mi buen...- dijo la señorita -Necesitaría una poca de esperanza y docientos gramos
de alegría
-No, lo siento- respondió parco el vendedor-, acá no se venden cosas inútiles.
-Pero si no venden cosas inútiles- comentó ella, meditabunda -¿Para qué venden cosas? Usted debe saber que lo realmente importante no se consigue con dinero.
-Sí- respondió llanamente.
-¿Entonces?-
-Sí, yo sé eso, pero tengo esperanza de que los compradores no.
-¡Ahá!- exclamó la señorita -Entonces sí tiene esperanza.
-Pero no la vendo- dijo -¿No vio el cartel?
-¿Qué cartel?-
-Ah, lo vendí, me alegro...-
-Bueno, usted está muy loco, yo me voy-
-No lo diga por allí, buenas tardes-