Hay más, inclusive se extiende: todo nos harta. Un día no queremos más, y es imposible. Lo descubrí anoche cuando me bajé un juego viejo que me gustaba mucho. Me aburrí a los cinco minutos.
Eso es todo.


¿Qué es de los hombres que se aventuran a la vida de soledad? No me refiero a aquellos que de todas formas se cobijan bajo alguna fe endeble, o un principio de noble carácter; hablo de los otros, los que nadie admira y, que de hecho, son mirados con ojitos desdeñosos al saber de sus prácticas, costumbres y hacedurías. ¿Qué es de ellos?¿Son felices alguna vez?¿Son más felices?¿Lo serán menos, acaso? Nos preguntamos todo esto por mera curiosidad y, sin embargo, tal vez sea importante responder, para nosotros y para ustedes.
Porque ha llegado a mi sensibilidad, que son pocas las personas (y menos aun las mujeres) que entienden a éstos, los hombres solos. Se pasean por allí, por las calles, se miran entre ellos y se reconocen, pero sin exteriorizarlo; a veces intercambian palabras, pero se alejan los unos de los otros: la máxima soledad es en su propia compañía. Prefieren en cambio el engaño leve, el juego nimio social, donde pareciera que interactúan, pero de estudiarse en profundidad cualquiera de estas supuestas relaciones caerían como una vieja teoría obsoleta; así de fácil.
Fingen complicidad con las personas más simples, y juegan a que entienden a todos, sin entender a ninguno. Se dejan caer en los abismos ajenos, pero mantienen a todos en el porche de sus almas; porque para ellos todos son extraños, todos y hasta ellos mismos.
No soy el primero que se aventura a hablar de estos animales sociales; no, no, lejos de ello los ha habido muchos, más capaces, más críticos, más retóricos, más todo. Algunos de estos justificaron la elección de estos hombres solos bajo el emblema de “miedo a ser heridos”, dijeron cosas tales como “el que se quema con leche, ve a la vaca y llora”; y es cierto que yo me veo tentado a darles la razón. Sin embargo, luego de relacionarme largamente con esta subespecie de la humanidad, concluí que no hay fecha de partida a esta autoimpuesta soledad: la acarrean desde toda la vida, y generalmente lo hacen para toda la vida. Es un pánico para aquel que llegue a encariñarse de alma con ellos.
Otros llegaron más lejos: simplemente no les interesa. Así dijeron, y creí que tenían, sino toda, casi toda la torta de la razón. Es que es muy fácil confundirse: uno se zambulle a charlar con ellos, y prontamente descubre ese desinterés, esa incansable actitud de no impresionarse, una ausencia de curiosidad casi infinita por nosotros; es odioso, realmente. Es odioso sabernos prácticamente inexistentes para ellos. No es, sin embargo, algo que se note automáticamente, debemos esforzarnos por buscar los detalles, las muecas imperceptibles: estos casidegenerados son de bostezar con los ojos o desperezarse en las pestañas, porque han arrastrado todas sus emociones a lo más profundo de sus seres; y aquello que sus caras, sus pelos, sus manos, en fin, sus cuerpos reflejan, no es otra cosa que un acto estoico (creíble, pero acto al fin). Y aun cuando esto sea verdad, insisto en que no es esta la cuasa de su soledad, sino más bien que su soledad es la causa de su desinterés. He descubierto que estos hombres han dedicado largos años de su vida en intentar lograr lo que para todos los demás es natural e inconsciente: comprender al prójimo. Largos años han invertido, y sin embargo, ha sido fútil, pues escapa a sus intelectos y (en especial) a sus corazones la manera en que pensamos, sentimos o creemos las personas. Tal vez sea esta la razón de su soledad, pero no es algo que yo haya comprobado.
Es aun más profunda la fisura que existe entre “ellos” y “nosotros”. En su intento por acercarse a nosotros logran más que nunca la distancia –distancia que es ahora insalvable, inexorable-, porque es a ellos nuestra compañía una especie de vínculo redentor, buscan en el contacto social un cable a tierra que los devuelva a la realidad. Así es: estos hombres solos no son otra cosa más que fantasmas. Qué triste, triste vida la que estos hombres llevan.
Los hay de muchas clases, pues así como ninguna persona es igual a ninguna persona, padecen ellos del mismo mal, o gozan del mismo don, se mire según se mire. Los hay rendidos, perdidos a la vida real, escapados u olvidados; no desean ya integrarse, no desean -en realidad- ya nada, ni de nosotros ni de nadie y, posiblemente, ni de ellos mismos tampoco. Los hay, en cambio, otros que luchan (son éstos los que han sido el foco de mi breve análisis, pues de los otros ni una palabra logré arrancar, tan parecidos a una lápida andan); luchan, algunos, por ser comprendidos, otros, por comprender; creen los primeros que no han hecho nada malo, y desean compartir lo que sienten, convertir quizá a algún transeúnte distraído; los segundos, en cambio, desean arrancarse la soledad del alma, y se desesperan lanzando manotazos de ahogado, estirando los dedos para alcanzar algún leño imposible; es importante comprender que todos ellos: los rendidos y los que luchan, todos ellos por igual, se ahogan invariablemente. Pues no es este un mundo hecho para los de su clase.
Los he visto en todas partes, por lo tanto, no deseo que se confunda esto con el estudio de alguna clase marginal, son en verdad numerosos –incómodamente numerosos-; se encuentran en todas partes: atendiendo el supermercado con sonrisas espléndidas, lanzando guerras a mundos perdidos, leyendo algún libro de contenido inútil, predicando la palabra de algún dios largamente muerto, tirados en una plaza (olvidados) o en medio de alguna familia tipo. Es decir: en todas partes. Inclusive podríamos arriesgar que, estos hombres solos, son la misma humanidad, pero nadie aquí tiene tal coraje.
Se mueven sus pies, arrastrando la realidad consigo, moviendo las veredas en todas direcciones, haciendo que las paredes avancen, mostrando nuevos escenarios para observar con extrañeza. La noche es densa por ahí, dejando lugar a que la oscuridad conspiradora se filtre por las grietas de las paredes, que como venas, recubren los edificios. Hay un algo esta noche, un halo que recubre los árboles de la plaza, las calles del boulevard, los bancos de la vereda; una sensación que lo inunda todo, naciendo del mundo y muriendo en él. Y sin embargo no recuerda haber bebido.
Se dice esto mismo con aire serio: no recuerdo haber bebido. La realidad tiembla. Y sigue hablando para sí: pero si no bebí, entonces, por qué todo se ondula de esta manera, por qué me siento tan extraño ante lo cotidiano. Y camina con pasos ciegos que no lo acercan ni alejan de nada; se deja perder un poco por la inestabilidad; se deja vencer otro poco por la angustia; se deja abrazar por la desolación; acepta todo esto de buena gana, con una sonrisa tarada en la cara.
Así lo invade la sensación: aquella fuerza que se apodera de sus sentidos, alejando todo lo que perciben, volviéndolo ilusión. Así puede enfrentar aquello que no comprende. A veces me doy cuenta, mirando una escalera, que más allá del recodo me espera la nada; comprendo que si intentara yo trepar sus escalones, uno a uno o de dos en dos, al llegar arriba la realidad se vendría abajo, encontrando la nada al doblar abruptamente. Y siento sin miedo a equivocarme, que estoy siendo testigo de algo terrible, algo que no debía ser presenciado por ninguno. Pero nunca trepa la escalera, mejor dejarla olvidada. Y no sólo con escaleras me pasa; a veces también al seguir ciertas líneas de pensamiento. Me doy cuenta, y tal vez exagere, de que concluir aquella idea haría que mi mente dejara de existir.
Pero el universo sigue ahí, mirándolo fijamente, aunque él trate de hacerle ojos ciegos. Siempre he preferido no mirarlo, es difícil porque es grande, y sin embargo se puede hacer; ignorar las grandes luces, tan llenas de nombres ingeniosos y logotipos hermosamente diseñados. Siente al final que las fuerzas no lo sostienen ya para mucho más, y se decide a volver sobre sus pasos; andar un poco hasta llegar a algún lugar seguro donde pueda meterse en alguna oscuridad conocida; y desde ella mirarse para adentro, seguir buscando eso que tanto lo esquiva.
Pero sucede entonces que durante la noche un rostro extraño, de enormes ojos y sonrisa perdida, con el rostro bien pegado al suyo, se le aparece para mirarlo fijamente. Quién sos y qué querés le pregunta, pero la cara no responde; es un fragmento nada más, no llega a ser alguien de verdad. Pero los ojos son muy nítidos, casi le parecen de verdad, que no están en su mente sino fundidos en la sombra densa. En la sombra densa…
La realidad es un sueño con el que se nos engañó; de reojo, mientras miraban al horizonte, nos dijeron que era importante, que era sólida e indiscutible. Luego crecimos, y tuvimos dudas, incertidumbres, colores incompletos que formaban un arco iris sin sentido. Pero entonces es cuando nos sumamos a los que mienten, y cerrando los ojos empezamos a cubrir los huecos con carteles, con imágenes, con metas vacías, con recuerdos bonitos, con sonidos simpáticos.
Eras hermosa, sentada en mi sillón, mirando en mi cara todos los secretos que querías ocultar de mí. Te veías hermosa mientras encontrabas en mis ojos toda tu tristeza, y la reflejabas sobre los tuyos. Es cierto que de haber podido yo la hubiera disipado agitando las manos, de un grito, con un golpe seco o, por qué no, con un beso tierno. Es cierto también que, de haber podido, le habría hecho frente, y la hubiese aceptado por aquel entonces.
Pero la vida no se da tan fácil, ni tan clara. Se sucede sin darnos mucho tiempo, sin permitírsenos un respiro y solamente podemos pensar sobre lo que ya pasó, analizar lo que ya no se puede cambiar, aprender para lo que vendrá. El hoy es un territorio indómito e incomprensible.
Pero eras hermosa, y eso me dejó el corazón marcado.
Comprender finalmente una verdad superior. Comprenderla con la piel y no poder expresarla en palabras. Sentir en el corazón una paz que tampoco se diga con palabras, sino sentirla, y ya está. Tener la seguridad de que las cosas son. Amanecernos de un color y atardecernos de otro. Estar tranquilos con las sombras, los espejos y las ventanas; con las luces también. Y no pretender mucho más que una palabra amable o un gesto de corazón.

Así es como me libro de vos cuando fantaseo que librarme de vos es cuestión de querer y nada más.
trashhhh
A la mañana encontraron la carta con todos los datos explicativos del hecho. Lo que allí decía lo entendieron pocos, y los más confundidos fueron los aludidos. Lo peor, ella estaba muerta y ya no podía explicarles nada.
A los padres les dejó dicho que sabía muy bien que les debía la vida, sin embargo, se le hacía imposible ahora devolvérselas.
A su hermano le informó que era él lo más cercano, en esta vida, que tuvo a un padre. Lo irónico fue que para él, ella había sido lo más cercano a una madre que pudo tener en esa vida.
Mencionó luego distintos amigos, muy pocas amigas (en realidad) y amantes. Destacó uno, diciéndole: “Hubiésemos sido muy feliz, lo sé muy bien; pero se me agotó la mecha antes de tiempo. Quizá, de haberte encontrado unos meses antes”. Al sujeto en cuestión se lo vio poco tiempo después, cerca de los arrecifes de San Andrés; se informa que arrojó dos objetos pequeños al mar, presuntamente resplandecientes, aunque difícil garantizar, dada la puesta de sol que nublaba la vista del testigo. Se lo ha tachado de cómplice, aunque luego de distintas indagaciones no se pudieron reunir las pistas suficientes.
Dicen los allegados que Matilde gustaba de los paseos largos y las plazas desocupadas. El florista de la cuadra nos hizo llegar que no pasaba semana sin que ella se hiciera con dos jazmines. Así mismo, el heladero de la calle Independencia, nos cuenta que “un par de veces me pidió un helado de vainilla, para después tirarlo al tacho sin darle ni una probada”.
“Era una persona extraña, pero jamás pensamos que fuera a hacer algo tan extraño”, dijeron sus instructores de pilates. A simple vista, nadie pudo entender a Matilde, ni antes, ni después.
Lo cierto es que ya no la tenemos y la vamos a extrañar.