______________
Encontrarme a nada de tu piel, a un metro, menos incluso; qué sé yo. Casi sentir el calor que emana, el olor que sin querer va dejando por todas partes, tan traidoramente. Aunque estés allá, tan lejos, tan imposible, sentirte a mi lado; de nuevo; tan imposiblemente a mi lado. Quedarme mirando el vacío del aire caliente que hay entre la puerta y yo, y sabernte ahí, parada, invisible, intangible, mirándome tan odiosamente imposible, tirando olor y calor para todas partes, inaccesible e inalcanzable.
Entonces dormirme para soñarte toda la noche, despacito; pero soñarte también ajena, también distante e imposible; ¿de qué otra forma? Sólo así serías vos. Pensarlo y saberlo totalmente estúpido. Sólo tengo que estirar la mano, y ya está. Pero es mentira.
Estamos sentados en una plaza. Miramos los pájaros inadjetivablemente y nos damos cuenta entonces que vos estás sentada a mi lado y que yo estoy sentado a tu lado, echándonos calor el uno al otro, olor el uno al otro. Estás viva, te digo, y vos me ignorás, sabés que es lo mejor y yo no me ofendo ni nada. No porque no me moleste, sino porque sé que es lo mejor.
Como te digo. Nos estamos echando calor y olor en una plaza sentados mientras yo te digo que estás viva y trato de explicarte de forma que te sea imposible entender que en el fondo lo único que en ese momento me importa es estirar la mano y tocarte, aunque sea la punta de mi dedo tocando la punta de tu dedo o tu nariz. Pero, sigo tratando de que te pierdas, pero es lo último que haría porque después de tocarte ya no quedaría nada, ya sería el fin y tendría que o tenerte o matarme. Porque dos veces no se le puede decir chao a esa cosa verde azulada que llaman… ¿cómo la llaman? No importa. Esta parte no la entenderías aunque me esforzara porque lo hicieras.
Miramos inadjetivablemente los pájaros que elípticamente surcan el cielo. Los miramos con ese aire de los que en realidad tienen los ojos de adorno, pegados a la cabeza de trapo, o tal vez cocidos con hilo blanco. Pero toda vista que sigue una trayectoria elíptica inversa a la de una vista sentada a su lado, invariablemente va a encontrarse con esta otra.
Míralos tan enjutos los tórtolos que parecen amordazados por mordazas invisibles.
-Hola- te digo. Pero vos me mirás con tus ojos de peluche tan buen cocidos a tus cuencas, tan llenos de vida y profundo pensar: tal cual el ternero mira al cuchillo del matador y, si tiene oportunidad, le pega un lengüetazo al filo, sin saber bien qué hace. Así me mirabas, pero tan ternero no fuiste, no le pegaste la lamida al cuchillo, o tal vez fue que no dejé éste al alcance de tu curiosa lengua rasposa de ternero.
… una flor se prendió de tu pelo, haciéndote cosquillas, de esas que te hacen llorar, de esas que odiás tanto; de esas que siempre te provoqué yo. Y me parece que te diste cuenta porque ahí nomás encaraste para otro lado, buscando tal vez…
Al final después de tanto silencio me sonreíste, y el ruido de tus cachetes largamente quietos despegándose de tus encías rompió el silencio. El olor a estar callada salió de tu boca, y eras una ternura, un dulce tentador para comerte, mirándonos… qué ojos más bien cocidos.
Entonces nos encontramos en ese mundo que llaman Miradas. Vos y yo. Nos encontramos en el plano de los ojos, y bailamos un blus mal compuesto, unjas, un rock o algo, lo bailamos porque ahí éramos sordos y no sabíamos que eso no se baila. Bueno, yo no sabía. Vos me seguiste la corriente. Pero yo bailaba mejor que vos.
No, dos veces no. Por eso lo último que haría sería tocarte, aunque todo se viniera abajo, aunque fuera de vida o muerte; no te tocaría. Porque aun cuando sólo lo escribo, esta determinación me retuerce el alma, me estrangula y tengo que gritar que es mentira… pero no puedo porque es verdad. Dos veces decirle chao a la cosa verde azulada… nadie puede.
Entonces dormirme para soñarte toda la noche, despacito; pero soñarte también ajena, también distante e imposible; ¿de qué otra forma? Sólo así serías vos. Pensarlo y saberlo totalmente estúpido. Sólo tengo que estirar la mano, y ya está. Pero es mentira.
Estamos sentados en una plaza. Miramos los pájaros inadjetivablemente y nos damos cuenta entonces que vos estás sentada a mi lado y que yo estoy sentado a tu lado, echándonos calor el uno al otro, olor el uno al otro. Estás viva, te digo, y vos me ignorás, sabés que es lo mejor y yo no me ofendo ni nada. No porque no me moleste, sino porque sé que es lo mejor.
Como te digo. Nos estamos echando calor y olor en una plaza sentados mientras yo te digo que estás viva y trato de explicarte de forma que te sea imposible entender que en el fondo lo único que en ese momento me importa es estirar la mano y tocarte, aunque sea la punta de mi dedo tocando la punta de tu dedo o tu nariz. Pero, sigo tratando de que te pierdas, pero es lo último que haría porque después de tocarte ya no quedaría nada, ya sería el fin y tendría que o tenerte o matarme. Porque dos veces no se le puede decir chao a esa cosa verde azulada que llaman… ¿cómo la llaman? No importa. Esta parte no la entenderías aunque me esforzara porque lo hicieras.
Miramos inadjetivablemente los pájaros que elípticamente surcan el cielo. Los miramos con ese aire de los que en realidad tienen los ojos de adorno, pegados a la cabeza de trapo, o tal vez cocidos con hilo blanco. Pero toda vista que sigue una trayectoria elíptica inversa a la de una vista sentada a su lado, invariablemente va a encontrarse con esta otra.
Míralos tan enjutos los tórtolos que parecen amordazados por mordazas invisibles.
-Hola- te digo. Pero vos me mirás con tus ojos de peluche tan buen cocidos a tus cuencas, tan llenos de vida y profundo pensar: tal cual el ternero mira al cuchillo del matador y, si tiene oportunidad, le pega un lengüetazo al filo, sin saber bien qué hace. Así me mirabas, pero tan ternero no fuiste, no le pegaste la lamida al cuchillo, o tal vez fue que no dejé éste al alcance de tu curiosa lengua rasposa de ternero.
… una flor se prendió de tu pelo, haciéndote cosquillas, de esas que te hacen llorar, de esas que odiás tanto; de esas que siempre te provoqué yo. Y me parece que te diste cuenta porque ahí nomás encaraste para otro lado, buscando tal vez…
Al final después de tanto silencio me sonreíste, y el ruido de tus cachetes largamente quietos despegándose de tus encías rompió el silencio. El olor a estar callada salió de tu boca, y eras una ternura, un dulce tentador para comerte, mirándonos… qué ojos más bien cocidos.
Entonces nos encontramos en ese mundo que llaman Miradas. Vos y yo. Nos encontramos en el plano de los ojos, y bailamos un blus mal compuesto, unjas, un rock o algo, lo bailamos porque ahí éramos sordos y no sabíamos que eso no se baila. Bueno, yo no sabía. Vos me seguiste la corriente. Pero yo bailaba mejor que vos.
No, dos veces no. Por eso lo último que haría sería tocarte, aunque todo se viniera abajo, aunque fuera de vida o muerte; no te tocaría. Porque aun cuando sólo lo escribo, esta determinación me retuerce el alma, me estrangula y tengo que gritar que es mentira… pero no puedo porque es verdad. Dos veces decirle chao a la cosa verde azulada… nadie puede.





