lunes, septiembre 03, 2007
Romper algo
viernes, agosto 17, 2007
Reminiscencias de un heroe exitoso o Entretelones de una vida normal.
Con su dedo índice tumtumbeó sobre el video de la ventana (como suelen hacernos tan molestosamente esos niños que, pareciera, les altera que nademos indistintos), la vieja se interrumpió casi inmediatamente, el mocoso, en cambio, no: siguió con los gimoteos; pero a él sólo le interesaba la vieja: cuando se supo bien atendido, clavándole las pupilas a la vieja, hizo con su dedo índice “no, no, no”, como nos hacían los padres de antes al encontrarnos macaneando. Hubo un lapso de tiempo donde: la vieja no entendía nada, el crío se aguantaba las lágrimas en un tenso suspenso y él contemplaba con ojos de fiera a la malvada enfermera.
Cayeron entonces, a escasos metros detrás de él, los restos del misil. Fue esa la señal, que le sonaron a campanas fúnebres a la enfermera, de que todo comenzaba; hundió él los dedos en los ladrillos de la pared que rodeaba la ventana y, sin perder un segundo, la arrancó de un tirón; el chiquillo se sintió entonces salvado y esbozó una sonrisota enormesísima, un poquito nomás manchada de mocos y sangre, de esas que, de tan inocentes que parecen, les perdonamos todo; tiró la ventana para algún lado y entró heroico en la pieza. En las paredes se veían un par de afiches de anatomía, de esos que de viejos nomás, todavía diagramaban el centro del sistema nervioso en el corazón. Pensando en estas cosas entró el héroe en la pieza, sin poder ocultar una amplia sonrisa de alegría, para agarrar por el cogote a la vieja aquella, exagerando un poquito la fuerza, dirían algunos; pero esos son los que no vieron la paliza que le daba al crío.
Lo gracioso, igual, es que justo fueron esos los que tuvieron razón esta vez; de tanto apretar aquel cuello de gallina, le reventó la cabeza, salpicando de sesos y sueños reprimidos paredes, crío y héroe por igual. Y ya no sintiéndose tan salvado el mocosito, que no había visto nunca otra sangre que no fuera la propia, cambió aquella sonrisota por un llanto renovado y un pataleo tal vez exagerado. No hubo demasiada reacción por parte del héroe, se sacudió la mugre del disfraz y un poco desanimado salió caminando de la enfermería; al pasar la pared derribada volteó, sin querer, otro ladrillo.
De alguna forma aquella enfermería, aquella vieja, todo aquel lugar: se veía más (mucho más) grande en su memoria; y quizá también, ligeramente más oscuro, o tal vez terrible. Así, sin saber bien por qué, desistió de la idea original de hacerle también una pequeña visita a la monja que regentaba el orfanato.
Montó vuelo y volvió a su vida de superhéroe, a su vida de surcar cielos y derrotar villanos.
sábado, agosto 04, 2007
Salven a Willy
jajajajaa.......... aajajaja
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Asunto: Ecoapagón
viernes, agosto 03, 2007
Creo que...
jueves, agosto 02, 2007
lunes, julio 16, 2007
Un árbol en Tururlandia
A ella, y a mí principalmente, nos gusta sentarnos en las ramas de un árbol. No es cualquier árbol, es uno en especial, que tiene muchas ramas y sobre él nos sentimos como sobre ningún otro.
En algunos días, de nubes gordas y gotas negras (¿o era al revés?), lo que más queremos es sentarnos en la punta de la copa, para empaparnos un poco el alma y bebernos toda la risa que podamos. Los vientos soplan fuertes en días como estos, pero no importa porque, mientras yo sostengo la suya, ella tiene mi mano; y aunque sople y sople ningún viento puede tirarnos. Además, él sólo quiere hacernos cosquillas, es juguetón.
Hay otros, diferentes de estos. Días de sol, mucho sol, demasiado sol. Brilla tanto que vemos todo; una vez se me quedó mirando un poco asustada: se te ven las ideas, me dijo. Dimos vuelta las caras, y miramos otro lugar, mucho más lejano, mucho menos nuestro. Así que aprendimos que en esos días podemos vernos las ideas, o sentarnos en las ramas más bajas, donde hay una confortable capa de musgo, que nos hacen doler menos las cachis.
Pero mis favoritas son las ramas de los extremos: están más alejadas del follaje, pero no son tan duras como las más altas. En una de esas nos sentamos la primera vez, con una gorda luna anaranjada de acompañante, parecía una galleta y sé que ella se moría por darle un mordisco. Ahí los vientos casi no soplan, no hacen cosquillas, dan caricias, los soles no salen hasta mucho rato después y los búhos no nos ven tan fácil, así que no tratan (con tanta insistencia) de devorarnos. Creo que también son las favoritas de ella, porque es sobre las que pasamos más tiempo.
Aunque siempre estamos en el mismo árbol, no vamos siempre en la misma rama. A veces nos perdemos. A veces yo voy a la rama más alta cuando hay sol, buscando sus ideas, pero ella se queda en las más bajas; y somos torpes, un poco, lentos para entender y nos perdemos, pensamos pronto más bien que no queremos vernos, antes de creer que simplemente, en ese momento, no queremos la misma rama. Así es como nos perdemos, y vagamos de rama en rama, me canso del sol, y me voy a las más bajas, justo cuando ella se acaba de cansar del musgo confortable…
Pero los dos sabemos que, aunque nos perdamos, y andemos perdidos, y nos sigamos perdiendo, mientras sea ese nuestro árbol favorito y si seguimos saltando de una rama a la otra, de una hoja a la otra, va a pasar en algún momento que caigamos, sin querer (o queriendo), en el mismo lugar.
Y esos son momentos lindos. Momentos de tener las manos transpiradas de tanto agarrarse la una a la otra, de tener los cachetes dormidos de tanto sonreír, de olvidarse de si es o no primavera, que total, para momentos como esos, no hay estaciones.
martes, julio 10, 2007
aasdasdas
martes, mayo 29, 2007
Hola, cómo andan?
Adentro, también llueve. Llueven palabras y se llevan la mugre que tan abrigados los tenía. Se dicen groserías, se las dicen, con nerviosismo él, con tristeza ella. De a poquito se van abriendo las almas, dejando salir todo lo que había adentro. Hay olor feo, ella frunce la nariz. Pero es verano, así que pueden abrir la ventana, y así lo hacen. Ahora también la lluvia charla adentro, mojándoles las plantas que tan gordamente descansaban sobre el marco de la ventana, mojándoles también un poco las ropas, apenitas, es entre lindo y molesto. Más que nada es lindo porque mojarse es cosa de chicos, cosa de cuando se comían los mocos, y eso los deja descansar un ratito de tanta adultación que se está dando en esa pieza.
-Eh, loco, qué pasa, tan serios que nos pusimos de la nada- dice él, contrastando con el tono de lo que venía diciendo antes. Ella no dice nada, lo mira nomás; él también se queda callado ahora, se siente medio boludo.
-Se me terminó el té.
Es una excusa, claro.
Llevan horas hablando, ya repitieron algunas veces las mismas frases, las mismas explicaciones, aunque cada vez se entienden menos. Cada explicación los deja un paso más lejos. Aunque es cierto que también un paso más cerca: tantas ganas de explicarse las cosas no es moco de pavo. No hay dos personas en el mundo que tengan más ganas de dejarse bien mutuamente, ni tampoco dos que se dejen peor.
-No te entiendo…- dice ella, entre frustrada y temerosa.
-No, ya sé- responde él- tampoco yo te entiendo.
Así se afianzan: no les queda otra. Decirse que no se entienden es lo mejor, casi mejor que entenderse. En el fondo, si se entendieran, no sería lo mismo. No, claro que no, si se entendieran, como suele suceder, no se soportarían.
Si se entendieran serían iguales.
Si se entendieran no serían así.
Si se entendieran no quedaría ya nada de mística.
Además, piensa él, mejor que no me entienda.
Igual, dice ella, para qué me va a entender.
Al final se sonríen.
-Yo te hago otro té, no te pares.
Y se sonríen de nuevo.
Se van a la pieza. La pava queda en el fuego. Cuando vuelvan va a estar al rojo, y se van a reír.
viernes, mayo 04, 2007
Cuento asdf
En un pueblo alejanado de la civilizante ruidosidad de las ciudades, recidía un enmuchachado personaje que por nombre llevaba el de Lalo. Lalo era de bueneantes maneras, es decir, con su actuar bondadicionaba a la gente encercanada a él, y también a los más alejanados.
No eso unicaforma, sino además tenía muchas cualidades enasalsadoras que lo dejaban muy bien paranteado en su comunidad. Entre ellas, la de saber poner la enterrenación bien ordenada y desensuciada, cosa esta que era adorada por los personajes gobernanticiosos de la ciudad.
Pero digámoslo ya sin más elipsiocidad: Lalo era de entenderes inadecuantes, con una capacidad especial para deslumbrarse con la cosa diaria, esa tan bostezantosa. Pero a él de perplejidades nadie le iba a explicar, que sin ir más lejos podía perderse unas cuantas horas estudiando el vaiveniante ir y venir de la cola de un perro. Queremos decir, y no por creernos más (o menos) que Lalo era tonto.
De la engranajeador institución primaria él no pudo pasar. Le dijeron un día que hasta ahí nomás y él que no entendió lo que pasaba siguió rumbo sin chistar. Andás bien, pibe, pero te falta un diente para ser buen engranaje.
Tuvo su atajo de días en los que mantuvo una actitud bastante deambulantosa, miraba los perros y comía en lo del Nacho que le había visto la fisiononante expresión de buenudo que, bien precavido, solía llevar a todas partes.
Suerte de que un día la tía Pocha lo miró con ojos enternizados, y sin pensar que alguna enganación habría para ella misma se decidió a estirar las manos y guiarselo un poco al Lalo. Habló con los personajes gobernanticiosos que ya hemos mencionado y éstos, sabedores de que un favor hecho a la Pocha traía siempre agradables gratificaciones bajovientrales, accedieron con sonrisotas y efusivísimas palabras.
Vieron al poco que el Lalo era nacido para limpiar calles y veredas, sonreírles a las doñas mañaneras y alegrarse por los días de sol tanto como por los de lluvia (aunque en éstos costara el doble la barrida).
Así fue el Lalo, y yo quise que lo recordáramos todos, un rato y un poco o para siempre. Que para mí de engranaje tuvo poco, pero que de haber querido serlo, hubiese sido de los mejores.
viernes, abril 06, 2007
Sombra y silencio
Se miraron de soslayo, los dos a la vez, sorprendidos del silencio tan poco corto que los había envuelto sin anuncio. Se miraron con miedo, con ganas de que no se note, como si tuvieran delante una fiera lista para devorarlos. Julia quiso carraspear, pero el intento quedó cojo, y en su lugar produjo un chasquido horrible, que no hizo otra cosa que ayudar a que aquel silencio se cerrara sobre ellos.
Ninguno podía ahora decir nada, era tarde ya, se había completado el círculo; las palabras se quedaron fuera, inalcanzables ahora, cercadas por aquello tan parecido a algo pero sin serlo del todo.
No tenía ojos, pero los observaba; no tenía manos, pero los atrapaba; no tenía dientes, pero los devoraba.
Y detrás del silencio llegó una oscuridad, de esas densas e infranqueables, que anidan en lechos de moribundos y que se alimentan de malos deseos; una de esas oscuridades que se comen de a poco los corazones, y al final nos escupen los huesos en la cara, diciéndonos “acá tenés”.
Y la oscuridad empezó a ocuparlo todo, y ellos que no podían hablarse, ahora poco a poco dejaban de verse, y esto los desesperaba.
Sí, los desesperaba. En sus corazones se empezaban a internar las sombras y el miedo los pudo. Sin pensar demasiado comenzaron a buscarse con manotazos, con gritos mudos, con llantos secos. Pero sordos y ciegos como estaban a nadie podían ver u oír que les dijera: “ya, ya está…”.
Del miedo nació esa necesidad, y con la necesidad empezaron a buscarse; pero nunca fue buena linterna.
Con tanto manotazo finalmente dieron el uno con el otro; pero sin ver no pudieron otra cosa que golpearse, y sin oír no escucharon las disculpas, y no quisieron ser menos y devolvieron los golpes: uno, dos, tres… tantos que al final ya no se supo quien había empezado.
Y no entendían, pero pateaban, y chuschaban, y arañaban, y mordían. Así, así al fin los encontraron las palabras, y pudieron decir, pero sus bocas hablaron cosas muy distintas de las que hubiesen dicho antes; y no se reconocieron las voces. Así, así al fin llegó la luz, los había buscado por todas partes, y los encontró enmarañados, pero no se parecían a lo que ella había dejado, no, los unían ahora manos que aferraban pelos o cuellos, pero nada más, nada de lo que viera antes; y entre ellos, gracias a la luz, por fin pudieron verse, pero se descubrieron distintos, no se reconocieron, sintieron vergüenza, se soltaron poco a poco, se acomodaron las ropas, se inventaron excusas, tosieron disculpas y, al fin, continuaron rumbos, él para un lado, ella para el otro.
Y tal vez se recuerden, pero sólo al cerrar los ojos, mirando, tal vez… hacia el pasado.

