domingo, octubre 18, 2009

Bestiario: las piedras.


Las piedras son mejores que los hombres, en su actitud son inamovibles, todo el tiempo y sin esfuerzo son ellas mismas, de aspecto ciertamente son más bellas y sin necesidad de acicalarse, además de eso, siempre se las consideró insensibles, pero yo creo que es mentira, porque por algo se van a vivir al lado de los ríos o los mares, o inclusive están esas desubicadas que viven en medio del desierto, completamente solas.

lunes, agosto 17, 2009

En una habitación pequeña

En una habitación pequeña, sin decorado alguno, se encuentra una silla sencilla aunque robusta, atornillada al suelo. En esta habitación hay cuatro paredes, como es usual en la arquitectura occidental, la que está delante de la silla se compone casi en su totalidad por un enorme ventanal de vidrio, detrás del cual reposan una docena y media de sillas, con una docena y media de personas sobre ellas, todas vestidas de traje, muy serias y lúgubres, de miradas oscuras y sentenciosas. Siguiendo las agujas del reloj nos encontramos con la siguiente pared, la que está a la derecha de nuestra silla central; junto a ella se haya, de pie, un hombre delgado y enjuto, con una opacidad casi obscena en los ojos, ausentes del típico brillo del ingenio humano; viste él un traje azul oscuro (bastante típico en los oficiales representantes de la ley), a su lado, en la pared, cuelgan una palanca de proporciones inusuales, y un teléfono sencillo y monótono, acorde a la decoración de la habitación. El resto, tres esquinas vacías, y dos puertas sencillas, sin pintar aunque barnizadas.
Y lamentablemente no podremos continuar con nuestro pequeño tour, porque ya se abre una de las dos puertas de la habitación, dejando entrar en ella a tres hombres, uno al frente y dos escoltas (también vestidos de azul oscuro, como el antes mencionado). No así el que guía la batuta, un hombre grande, muy grande y muy gordo, tan gordo que se podría decir, sin miedo a equivocarse, que si se vistiera de sotana parecería más bien dos gordos, uno arriba del otro (una imagen graciosa, cuando menos), que viste de gris claro. Lo acompañan los escoltas hasta la silla y lo ayudan a sentarse, a simple vista vemos que le cuesta respirar y diríase que su corazón tiene serios problemas para llevar acabo su trabajo diario; una vez sentado, con poco cuidado, le amarran las manos con unas cintas que colgaban de los brazos de la silla. El hombre gordo está listo, los escoltas de azul oscuro miran con ojos de sepultureros al hombre flaco y enjuto, y se apartan sentenciosamente del gordo, parándose respectivamente en los rincones vacíos de la habitación, detrás de la silla.
Está casi todo listo, las gentes detrás del vidrio se inquietan claramente y el aire del ambiente parece cargado de electricidad; todo está estático, quieto, apunto de estallar. La mano del hombre delgado y enjuto se alza hasta la palanca y la aferra con firmeza, dispuesta a bajarla en un instante; espera tan solo una llamada. Se ve sobre la frente de los otros dos hombres de azul oscuro pequeñas perlas de sudor que las recubren, dándoles una pobre apariencia, no lo hemos mencionado aun, pero hace mucho calor en este día. Un largo silencio que inquieta a todos y finalmente el ring del teléfono; el hombre flaco y enjuto, para no mostrarse impaciente, deja al aparato sonar un par de veces más y atiende. Casi no dice nada, un mero buenos días, sí sí, el prisionero está listo, esperamos la sentencia, bien, sí, muchas gracias, y ya corta, su piel se ve aun más pálida que antes, mira al hombre gordo con pena, quizá, son difíciles de leer esos ojitos diminutos y opacos, y luego mira, sin detenerse sobre nadie, a la multitud detrás del vidrio; y se muerde los labios, pero no por mucho.
-Imagínense algo hermoso…- les dice a todos, la multitud lo observa desconcertada, los otros dos hombres de azul oscuro se miran entre ellos –No piensen, sólo imagen- repite el hombre delgado y enjuto y, tras estudiar los rostros comprobando que todos, o al menos la mayoría, le había seguido la corriente, dijo -¿Lo ven? Ninguno de ustedes maquinó en sus mentes, como una algo hermoso, a un hombre siendo asado vivo por doscientos mil vatios en cinco segundos.
Y dicho esto, se dispuso a liberar al hombre gordo, que era, de entre todos ellos, el más desconcertado de todos, mirando, alternadamente, primero al hombre enjuto, luego a la multitud perturbada que, algunos, reían nerviosamente, otros poníanse en pie y arrancaban, quién sabe para donde –lo que sí, todos perdiendo la compostura, vergonzosamente.
-Dejémosle ir, o no ir, pero perdonemos su vida, no hay necesidad…- decía el hombre delgado y enjuto, cuando una viejita amorosa y aun más azotada por los años que el primero, dio un salto y exclamó, con la voz rasgada:
-¡Pero si ese monstruo violó a mi hija!
-¡Es cierto!- declaró la multitud, ahora, claramente, horrorizada. El hombre enjuto sopesó un momento, y comprendió finalmente que era cierto.
-Es cierto- dijo a su vez –Este hombre ha de morir, de esta o de cualquier otra forma, pero que se muere, se muere ¡y hoy mismo!

Entonces no quiso ya perder más tiempo, y llevó la mano otra vez a la palanca, la aferró y volviéndose al hombre gordo, se quedó inmóvil: la cabeza del gordo yacía gacha y abatida sobre su pecho inmóvil. Abandonó la palanca y en dos zancadas llegó hasta él, con la presteza de quien ha sido entrenado en ello llevó sus dedos índice y corazón hasta la yugular del hombre gordo, y puso cara de pensamiento profundo.
-Este hombre… -se detuvo un instante, aquel era un momento muy solemne –se nos adelantó.

jueves, mayo 28, 2009

Disney nos mintió

Se nos enseñó a muy corta edad que las malas acciones eran castigadas y las buenas apremiadas, pero no estoy tan convencido de que sea cierto. Me pasé la mayor parte de mi vida riéndome de los minusválidos ajenos, de las creencias ortodoxas, de las buenas intenciones y hasta de las abuelas buenudas y cocineras. De todas estas cosas me burlé, pero no parece que a ningún astro celestial le haya importado nunca.

Hmpf.

domingo, abril 19, 2009

Sin Título XIII

-Mi sopa tiene una mosca!- exclamó indignado el extraño visitante.

Posición del Loto nº 12


viernes, marzo 20, 2009

domingo, febrero 15, 2009

un troll



El troll Godofredo, ensimismado con profundas confusiones, ¿hace falta comerse siempre a todos los que pasan sobre el puente?¿Para qué quiere oro un troll, si de todas formas los vendedores de chocolatitos suelen huir de nosotros o, en los mejores casos, ofrendarnos con sus manjares?
Godofredo no encuentra respuestas...

sábado, febrero 14, 2009

Sín Título XII


No se puede pasar de no escribir nada a hacer un post sobre qué hubiera pasado si edipo se suicidaba.. así que mejor dejo esto.
(ta un poco bisco)

martes, diciembre 30, 2008

domingo, diciembre 21, 2008

lalala

Entré al bar para encontrar respuestas, aunque sabía que lo más seguro era que sólo me topara con problemas. Pero no importaba: ella había muerto y ellos sabían algo; eso era lo único que importaba. Pateé la puerta porque la simple idea de mi mano sobre ese picaporte me asqueaba, quizá no fuera la mejor manera de presentarme, pero definitivamente causó una impresión. Los ojos de la clientela –en apariencia habitual- se desviaron de sus tragos para estudiarme, pocos voltearon sus caras a mí, como buenos maleantes no era ésta una de sus costumbres. Qué habrán concluido tras su estudio, no lo sé, pero presentí que algunos estaban mirando lo que ellos llamarían “un hombre muerto”.

Me acerqué, primero que todo, al cantinero. A juzgar por la piel que le cubría el cráneo, era un hombre con experiencia en entrevistas personales, de esas que solemos llevar acabo las personas como yo, dispuestas a encontrar respuestas hasta en las tierras más áridas. Solamente con sentarme frente a él, quedó bien claro, “no sé nada”, me dijo con un tono poco hospitalario, que debo admitir, me ofendió ligeramente. Le mascullé alguna amenaza típica, “más te vale que empieces a saber” o quizá “no hará falta que mi amiga –mostrando culata de mi pistola- te haga recordar ¿verdad?”, y me preparé a un golpe en la nuca, era el tipo de lugar donde los de mi clase no eran bienvenidos. Y fue una buena idea prepararme, pues al momento llegó, una botella de whisky pasó volando sobre mi cabeza, la esquivé justo a tiempo. Tomé de la mesa uno de esos simpáticos vasos para tragos cortos, y se lo reventé en la cara a un matón de dos pesos, que se tambaleó hacia atrás. Prontamente unos cuantos de sus más finos amigos se abalanzaron para saldar cuentas conmigo, pero yo no tenía tiempo, tres descargas de mi buena 9mm los dejó totalmente inservibles –supuse que no andarían saldando cuentas de nuevo en la brevedad- y me volví al cantinero, “¿ya empezamos a recordar?”. A pesar de todo su cara aun era de pocos amigos –yo creía que ya para estas alturas seríamos prácticamente íntimos- pero se dignó a contestarme, “qué quieres saber” me preguntó, mientras se daba vuelta para servirme un trago.

Charlamos un poco, descubrí algunos datos importantes, y mi nuevo amigo se dispuso a servirme un tercer trago, o al menos eso pensé en mi inocencia, cuando volteó hacia mí nuevamente cargaba en las manos una de esas bonitas escopetas de doce cartuchos, con acabado de negro mate. Reaccioné a tiempo golpeando su cabeza con mi pistola, disparó al aire haciendo un desastre con las mesas vacías del local –aunque personalmente me pareció algo positivo, aquel establecimiento pedía a gritos una redecoración-.

Me acomodé la canadiense y guardé mi 9mm, miré en derredor y empecé a caminar; los quejidos de mis anfitriones eran, aparte de mis pasos, los únicos sonidos que aquella noche ofrecía. Parece que a la pobre le habían firmado la sentencia de muerte hacía tiempo, pero la ejecución se demoró; eso suele ocasionar problemas en mi oficio, rastrear quien dio la orden se vuelve más complicado y, a veces, hasta imposible. Pero el caso me había intrigado y yo estaba dispuesto a seguirlo hasta el final a cualquier precio. Además, se veía realmente bonita en la foto que había visto, y ninguna chica tan bonita puede ser muerta sin un justo castigo. Así que acá andaba yo, repartiendo nalgadas.

Me subí al auto y emprendí viaje, tras la conversación llegué a la conclusión de que mi próxima visita debía ser a un viejo empeñador que vivía entre la 38 y la 86, calles de mala muerte si las hay, y peor aun, la esquina en la que se cruzaban. Un viejo alemán de malos modales y pocas palabras, hacia él me dirigía, antes de bajar del auto me armé de mi mejor manopla, recargué la pistola, preparé unas cuentas palabras realmente duras y prendí un cigarrillo para disimular mi nerviosismo.

Cuando abrí la puerta sonó la clásica campanita que colgaba encima de ésta, era un sonido que, debo admitir, siempre me había agradado, una buena manera de hacer sentir al visitante bienvenido, un detalle que me pareció extraño para aquel establecimiento. Saludé cordialmente, rompiendo con mi manopla algunos escaparates. El viejo corrió hacia lo que supuse era el escondite de algún arma de alto poder, pues sabía de oídas que poseía quizá una Kalashnikov o una Remingtong 12/76 –no importaba, cualquiera de las dos me dejaría una bonita sonrisa para mamá cuando me retirara de la morgue- así que sin dudarlo disparé contra su pierna izquierda, la sangre pintó paredes y pisos por igual y el alemán quedó en el suelo, retorciéndose.

Sabía que el viejo era demasiado duro para hablar, sin importar mis cualidades para conversar, mi simpatía o mi ingenio, así que no pregunté nada, me acerqué y comencé a patearle las costillas, con una dedicación admirable. Escupía sangre por la boca, y también la chorreaba por la nariz, un poco entremezclada con mocos. Pero el viejo no estaba asustado, sabía que yo era un blando y no iría demasiado lejos. O al menos, eso había pensado de mí hasta aquel día. Estuvo dispuesto a conversar recién después de que le quebrara todos los dedos de la mano izquierda. Pregunté cosas típicas, quién había dado la orden, por qué, para qué, dónde estaba ahora.

El viejo hablaba ahora por todo lo que no había hablado en su vida, me decía que yo no entendía nada, que la cuestión no era tan simple, que en realidad la chica nos había embargado a todos, que era demasiado bonita para este mundo y que nosotros no la merecíamos, que había jugado y había jugado a lo grande. Hombres poderosos cayeron por culpa de ella, de sus ojos tan bonitos, de esa sonrisa tan amplia y seductora.

Lo escuché en silencio todo el tiempo y medité largamente, sentado a su lado. El viejo me miró con una sonrisa irónica, todo el rostro cubierto por un coctail de sus propios fluídos, y al final me dijo: “largo ya, chiquillo, a ver si encuentras a tu bella Wahrheit”. Y yo le hice caso, al final creo que hasta me cayó bien el alemán, así que una vez en mi auto le llamé una ambulancia y todo, mientras prendía un segundo cigarrillo, esta vez no para disimular, sino para calmarme.

Seguí mis pistas, las seguí lo mejor que pude, y a cada paso sentía encontrarme con más incógnitas que respuestas. Cada sospechoso me remitía a otro aun más difícil de conseguir, con más tiempo en las calles, con las raíces más metidas en la sucia tierra del mundo en el que solía moverme. Tenía el presentimiento de que en alguna forma, todos éramos un poco culpables del asesinato de la chica, y durante toda mi investigación, las palabras del alemán me zumbaron en los oídos, como un odioso mosquito. Era verdad: yo no entendía nada.

Al final llegué a las puertas de una vieja iglesia del barrio Negro, toqué la puerta con dos golpes… de mi granada. Voló en pedazos, dejando astillas y fuego por todas partes. Caminé entre los escombros, y me acerqué lentamente a un hombre golpeado en el suelo, la explosión lo había arrojado contra una sólida pared; parecía aun confundido cuando lo alcé por las solapas de la sotana: “viejo inmundo, habla ¡¿por qué?!”.

Pero no estaba solo y, como el trueno que anticipa la tormenta, los pasos coordinados de un tropel de monaguillos nos rodeó; luego, una violenta lluvia de balas se desplegó sobre nosotros. Salté con el cura a rastras hasta un banco cercano, y desde él combatí con los monaguillos. Tuve que hacer uso de mi bazuca, con la cual volé por los aires al menos unos quince de ellos, todos muy curtidos y prestos al combate. El humo y los trozos de banco me permitieron reubicarme en una posición más estratégica y, desde ella, acribillar una buena cantidad del resto con mi Tommy de toda la vida, un hermosa escupidora de plomo. El resto se dispersó aterrado, mi reputación me precedía.

Volví al cura y continué con las averiguaciones.

-Habla, bastardo…

-No lo comprendes, no era nada contra ella.- comenzó a explicarme, mientras tosía –Era cuestión de supervivencia, la gente que oía de ella abandonaba nuestra amada Iglesia, se marchaban para buscarla, para encontrarla...

-Eso nada tiene de malo, la gente es libre, debería poder hacer lo que quisiera.

-Tú no entiendes…

Pero no alcanzó a terminar la frase, un dolor agudo me dobló la espalda, y un estruendo familiar -el ruidoso disparo de una .38- interrumpió su discurso. Caí de espaldas, y me retorcí para observar a mi asaltante. Una segunda descarga calló para siempre al cura. Era el alemán, lo supe aun antes de caer al suelo.

-Tiene razón, aun no lo entiendes- dijo mientras caminaba hasta mi lado, se acuclillaba junto al cura y le cerraba los ojos, afectuosamente –No lo entendiste antes, y no lo entiendes aun hoy.

-Explíqueme- intenté exigir, pero un vómito de sangre volvió quizá inentendible mi intento. Aunque el alemán pareció entenderme, y prosiguió:

-La chica… nunca existió.

Se quedó callado, se puso en pié y de su abrigo sacó dos balas de revolver, reemplazó los casquillos vacíos, con un poco de dificultad a causa de su mano vendada, y volvió a hablar.

-Los hombres se enteraba de ella a oídas, y salían en su búsqueda. Se perdían. Algunos cruzaban todo el mundo persiguiéndola, encontrando pistas aquí, pistas allá, pero ningún dato concreto. Algunos hasta se recluyeron en montañas perdidas. Muy malo para los negocios, ciertamente, muy malo.

-Aun no comprendo, qué hay de mi caso, la chica muerta, las fotos, los testigos…

-Todo fue una invención. Lo fabulamos, para que así ya nadie la buscara. La chica no existe, y nosotros no queremos que exista. Pero desmentir un mito es más difícil que inventar un nuevo, y henos aquí ¿aun no lo entiendes? Nosotros te contratamos.

-imposible…- mascullé, sintiendo el amargo sabor de la certeza en mi garganta, todo lo que decía tenía sentido.

-Resígnate, chico, nadie ha visto jamás a tu querida Wahrheit, y por lo que a ti respecta, nadie la verá, estás acabado.

De nuevo, el amargo sabor en mi garganta, no de bilis, sino de la convicción de que lo que escuchaba era cierto. El tiro que me había dado golpeó mi columna, y se incrustó en mi estómago, yo era un hombre muerto con resabios de vida corriendo por mi cuerpo. El alemán se me paró al lado, y apuntó su revolver hacia mi rostro. “Ningún hombre debería desangrarse hacia su muerte” dijo, con esa sonrisa suya, esta vez limpia y clara “Debo admitir, llegaste a caerme bien”.