sábado, julio 29, 2006

Tu vieja y los libros

Bueno, hoy me desperté, caminé por la calle, tuve recuerdos de hace demasiados años y pensé que iba a ser un día de mierda, de esos que se nos traban en la garganta cuando queremos tragar saliba.
Pero después leí un par de cosas, y quise hacer algo e hice, y miren nada más... Cuentito después de tanto tiempo.
Admito que el cuento empieza como historia específica y después se vuelve general; le hice una corrección superflua, quizá algún día lo termine de arreglar, pero ya saben como es =P.
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Te acordás esa tarde que, mientras charlábamos de lo caro que estaba el café, pero que gracias a Dios teníamos yerba, vos me comentaste de ese librito que por algún motivo había llegado a tus manos, porque ya sabíamos desde entonces que a tu vieja no le gustaba nada que leyeras de esos libritos. Fue gracioso cómo, aunque ella estuviera en su casa, y nosotros en la nuestra, caminaste con un subertefugio tal que a mí me entró risa, risa de esa que si la intentamos contener se nos escapa por los poros y (para rematar) nos pone colorados; entonces vos te ofendiste, tiraste el librito sobre las estanterías (aunque siempre sospeché que quisiste pegarme en la cabeza) y, cruzándote de brazos, hiciste puchero y refunfuñaste un par de puteadas bien guapas. Entonces yo, como hacíamos siempre, me puse todo preocupado, estiré la mano e hice ese puente que tantas veces nos salvó de caernos, y vos, que ya sabías lo que estaba pensando, te entraste a reír también, y la verdad que el café no era tan importante porque de todas formas teníamos yerba.

Esa misma tarde, un rato después, sonó el teléfono y era tu vieja, y vos te pegaste el susto de tu vida, porque justo estabas montada en la silla buscando el librito, y nerviosa me decías Cortale, cortale, rápido, y entonces del otro lado escuchaba a tu vieja que decía una de esas frases que nos congelaban a mí y a vos. Atendías el teléfono y nos olvidábamos del librito, porque sabíamos los dos, vos de toda la vida y yo por ósmosis también, que leerlo iba a ser imposible, que el teléfono o el timbre o el recuerdo siempre iba a sonar, y que de la primera palabra (con suerte, porque sino del título) no íbamos a pasar. Inclusive, te acordás, llamamos al vecino, el pibito ese que usaba los lentes sin cristales (quién sabe por qué) para que nos leyera, porque a lo mejor así se podía, pero entonces un zumbido imposible de ignorar nos volvía sordos, y a él le entraba la tos, leía una palabra ininteligible, tosía, se resfriaba, le daba gripe, una apoplejía, caía en estado catártico y todo junto ahí mismo en menos de tres segundos y teníamos que resignarnos Andá pibe, está todo bien.

Y más a la noche, pasó como nos pasaba siempre que encontrabas de esos libritos. Nos fuimos a la cama, haciendo como quien no quiere la cosa, sin hablar del tema en todo el día. Pero no pegamos un ojo en toda la noche, aunque tampoco dábamos vueltas en la cama, por miedo a que la inercia del movimiento nos llevara indefectiblemente hasta una silla y de ahí, ya con una inexorabilidad absoluta, nos arrastrara hasta las estanterías: Y estaríamos a media madrugada, en la oscuridad plena, buscando el librito y pensando a la vez que si sonara el teléfono nos moríamos del infarto ahí mismo. Por eso nos quedábamos quietecitos, calladitos, como ratones que saben lo que les conviene porque sino…

Y al otro día, vos con maquillaje, yo con café, disimulábamos lo mejor posible las ojeras. Y del tema aun no se hablaba, porque la menor mención hubiese deparado en juramentos de amor eterno y Dale, yo lo busco y vos descolgá el teléfono, después nos vamos, al Perú o Bolivia, allá no hay drama, leemos y mi vieja no se entera. Pero sabíamos que si descolgábamos el teléfono iba a ser peor, porque lo que sonaba entonces era el timbre, o se le partía la pata a la silla o quién sabe qué cosa.

Igual, vos y yo (tal vez vos inclusive más que yo), ambos sabíamos desde el primer instante, desde ese momento en que los ojos hacen reconocimiento, aun sin que el cerebro haya interpretado, desde ese lapso, teníamos plena conciencia de que nunca íbamos a poder deleitarnos con aquella lectura, nunca íbamos a descubrir lo que decía el profeta loco, o el poeta poseso; imposible, ya lo sabíamos, pero resignarnos hubiese sido una estupidez, porque así como a nosotros nos quitaba el sueño, era seguro que a tu vieja también, que ese libro era como un tenedor debajo de su colchón de reina, y que mientras nuestros corazones (el tuyo y el mío) albergaran el más mínimo sentimiento de curiosidad, ella no iba a poder pegar un ojo (ni nosotros, pero cómo la gozábamos a la vieja).

Por eso nos entraba la risa, desde que mencionabas el librito, desde que la idea de la travesura se nos aparecía, ya la risa era incontenible, imaginarnos a tu vieja mirando la tele, sentada en el sillón gordo, y (al principio) sin saber bien por qué no podía acomodarse, hasta que, como una luz que se enciende de la nada, se le iluminaba la mente (aunque yo siempre creí que era más bien un oscurecimiento); y entonces agarrando el teléfono, llamando a cada rato, especialmente cuando más le picaba la espalda en ese lugar donde rascarse es imposible, aun con ayuda, porque el amable ofrecido jamás comprendería nuestras indicaciones y rascaría cualquier otra parte menos la tan ansiada. Y más nos reíamos (digo nos, porque sé que siempre tuvimos alguna suerte de telepatía) cuando nos la imaginábamos bañándose, y vos me mirabas, cómplice, después arrastrabas la silla hasta el escaparate y ring, ring, ring. Era un chiste, la imagen de tu vieja saliendo mojada y envuelta en una toalla como un chorizo mal armado, discando a toda prisa, primero mal porque los dedos húmedos se le resbalan en el disco, después bien, porque equivocarse dos veces no era cosa de tu vieja. O el alivio nocturno que acompañaba al insomnio insoportable, cuando, animándonos ya a cualquier cosa, nos tomábamos la mano, y con movimientos levísimos, las hacíamos reír, yo a la tuya, vos a la mía, con cosquillas imaginarias (de esas que tanto me gustan), pensando en cómo tu vieja iba a estar dando vueltas y más vueltas, levantándose a cada rato para llamarnos, pero deteniéndose a un número de distancia, una última vuelta de disco, y corta: Porque son las tres de la mañana, y no son horarios para la gente decente; además, sabíamos que no se quería enterar que yo vivía con vos, y por eso el miedo de que la atendiera a esas horas era más grande que el miedo de que…

Ahora, a veces, mientras lavo los platos, me acuerdo del librito y vos me mirás con aire severo, y yo sé que tenés razón, aun cuando la risa se te escapa por las orejas y a mí por la nariz, sé que tenés razón y que no tengo que pensar en él, que a la gente hay que darles un descanso, aunque sea en la tumba. Además, te digo, no creo que al pueblo le guste verla andando por las calles para venir a tocarnos la puerta, no al menos en su estado actual. Por eso termino dejando la idea tranquila, te hago algún comentario sobre el Perú o Bolivia y vos, con sonrisa triste, me decís que tal vez mañana, porque hoy hay que llevarle las flores y eso, y que mejor no hacerle entrar sospechas, no sea cosa que nos arruine los planes. Yo pienso un momento en eso y cierro la canilla, ya todos los platos están limpios.

jueves, julio 27, 2006

Ser

Iba a escribir un cuento de esto que escribí hace unos días. O sea, nunca se hubiesen enterado de esto, porque es pensamiento, y si para algo sirven los cuentos es básicamente para ocultarlos.
Pero después de tanto "la 3? 0,25ctvs", o "25 ctvs la página, aunque por más de diez copias son 20", etc, creo que lo dejo para otro día (eso significa,... uff)

Bueno, igual, les dejo algo, porque ya me enteré de andan frecuentando otros blogs, y me voy a poner celoso eh! =P
Salud ^^

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Perderse un rato por las calles de una ciudad que no sea del todo desconocida, pero tampoco la palma de nuestras manos. Perdernos un rato, aunque sea, sólo un rato. Olvidarse educadamente de los asuntos que no nos incumben, acordarnos de estrellas un rato, no pensar demasiado; dejarse caer en el suelo (de ser posible, en la ruta) y con la mano extendida, observar la silueta recortada contra el firmamento, esa forma plástica que tan familiar nos es, excepto ahora, ligeramente estrellada, pero infinitamente ausente, lejana, ajena.

Así, tendidos, con la mano extendida, con las estrellas desplegadas, con la mente relajada, perdernos un rato; olvidarnos educadamente del mundo, no enviarle tarjetas en navidad ni en el cumpleaños, simplemente no recordarlo, no preocuparse, no pensar. Estar solo, solo como un caracol, ciego por torpeza. Tal vez así sea perderse un rato, tal vez así realmente estemos perdidos, durmiendo en el asfalto, indiferentes de la vida, y aun más, de la muerte.

Comprendernos un rato como silencio; como cuerpo tendido, como ser que no se proclama, simplemente se tiende y es. Perdernos un rato, olvidarnos (también acá educadamente) de que siempre hemos sido (y siempre seremos) personas; humanos; hombres; lobos. Olvidados de eso, figurarnos la realidad como una mancha de salsa recién hecha.
Despejar la mente. Perdernos. Olvidarnos.
Relajarse.

Uff

O sencillamente, y sólo para variar, olvidarnos (aun educadamente) de que estamos muertos, y fingirnos (sólo un rato) vivos. Escépticos como siempre dirán: “imposible” o falacias tales, pero vamos a ignorarlos (esto, ya si quieren, lo pueden hacer sin educación) y proceder. Primero dejar de sentir el infinito que nos separa, nos aleja. Dejar de creer que todo es divisible, dejar de pensar que alcanzar es una utopía, que la única oportunidad es acercarse, y gracias. Es el primer paso, aunque sea lo último descubierto, o más bien, por esto mismo: Hay que desandar pasos. Olvidado esto, desaprendido y descognocido, negado (prácticamente hablando), dejarse arrastrar hacia la persona más cercana, dejarse arrastrar como lo hacen los cangrejos cuando tratan de huir de la realidad, y el mar les da unas alas ilusorias (pero… cómo se divierten), dejarse sentir y empezar a sentirse también (…)

Fingirnos ahora personas, sonreír un tanto (nada de falsedades, que salga del corazón), perdonarnos viejas penas, tirarlas por la ventana (aunque atadas a un hilito, cuando todo el proceso termine las necesitaremos de vuelta) y ahora sí (por fin) encontrarnos de frente con la mirada de esa persona más cercana, y (plagiando un poco, aunque sabrán perdonarme, yo sé) uniendo frentes como idiotas, jugar un rato al cíclope: De ahí, que sea lo que Dios quiera. En otras palabras, quizá más mías, quizá menos otra cosa, resumiría: Olvidarse de la pavada…; ser.

jueves, junio 22, 2006

Sin Título I

Ponerse melancólico después de una noche de pesadillas es una mala elección. Es cierto, pensar en un par de ojos ahuyenta a cualquier monstruo que haya reptado entre sueños durante los viajes oníricos, pero también, es cierto, atrae a otros que por lo general, son bastante peores.

Un saludo feliz desde el mal dormir y los malos despertares.

lunes, junio 05, 2006

Guernica by Faro


Estaba boludeando en flash, tratando de hacer el "=O" emote, pero fue muy difícil. Entonces preocupado dije "nooo, perdí mi magiaaa" y entonces hice unas lineas y después otras más y al final salió esto.

Cele me dice: "Es el guernica" (al princpio entendí garnica, es que ni idea), y yo le digo "ah.." y entonces fuimos al google y después que me corrigiera la ortografía, encontramos el de picaso (picasso dice cele), y bueno, yo también hice uno (o sea, ya estaba hecho).

Salud =D

Los quiero.. snif..-

martes, mayo 30, 2006

Descripción IV

Un poco de tontería.
Disculpen la amargura =P
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El despertar diario es una tarea para valerosos o inconscientes. Pensar en lo que nos aguarda; esas cosas que deberemos hacer, aunque no queramos, esas cosas que no haremos, aunque querremos; esas cosas que nos pasarán y ni siquiera notaremos, y aquellas que las notaremos en el vientre, como una nausea profunda indisipable, imposible de evitar que nos suceda.

Reinventar las excusas que a diario nos decimos para seguir caminando, dando los pasos de todos los días, las tareas huecas, la rutina infinita que promete un mañana mejor, pero al fin y al cabo, siempre un mañana. Y algunos me dirán que tener un mañana es alegría suficiente; y no niego que a mí me gustaría pensar así.

Acercarse a la ventana, observar a todos aquellos que ya pasaron por este proceso, gente caminante, un albañil, un taxista, un oficinista, un estudiante: gente. Observarlos y sentir que entre ellos y uno hay mil abismos, mil distancias diferentes; vacíos impenetrables. Saberse ajeno a todos, y sin embargo... todos más ajenos que uno mismo.

Finalmente: Encontrarse con ese montículo de polvo, ese par de redondeles abultados, contorneados por una cordillera de pelo, ese pico con dos orificios, la comisura rosada de los labios, y el cansancio que lo envuelve todo, manteniéndolo junto, impidiendo que las cejas se escapen por un gesto, o los ojos crucen el umbral por el puente de algún sueño. Observarse y sentir el sinsentido que es la propia persona, el rostro nuestro. Ver todas esas cosas juntas (nariz, ojos, boca) y no entender por qué... Porque bien podrían estar en otro orden, en otro lugar, y aun seríamos nosotros mismos. Tal vez esto es lo que más desespera: Saber que aunque un cambio tan rotundo, como el tener la nariz en la frente, se diera en nosotros, aun seríamos quienes somos... Aun seríamos así; y no tiene sentido.

En invierno con un poco de agua helada alcanza, se disipan los pensamientos. Hundimos el rostro entre las manos, y el agua se filtra por todas partes. Se agradece, digo gracias, se separan las manos, respiramos profundamente, y estoy listo.

Cierro esto, abro aquello, me pongo esto otro, guardo algún libro, y ya. Abro la puerta, llamo el ascensor, saludo al guarda, me estremezco por el frío (esta parte me gusta), y mirando al cielo me doy el gusto de pensar en sus ojos una vez más, recordar qué sueño visitó esta vez exactamente, y ya. Estoy despierto, o al menos, tan despierto como puedo estar.

martes, mayo 09, 2006

Dudaba

Yo encontré a esta fea mujer acostada, semidormida, y la empecé a besar. Pero la besaba con violencia obscena, estudiando todos los recovecos de su boca con mi lengua, sintiendo como el asco se infiltraba por mi garganta, se apoderaba de mi estómago y luego, con velocidad de diástole/sístole, se esparcía por todas mis venas. Y sin embargo yo permanecía impávido, y continuaba con la tarea con precisión metódica.

Fue entonces, cuando de reojo, vi tu sombra que se asomaba por la esquina, y a pesar de estar seguro de que vos aun no me habías visto, de que no tenías idea siquiera de que yo estaba allí, ni mucho menos de lo que estaba haciendo, una vergüenza infinita, como un calor asfixiante, se apoderó de todo mi ser. Y escupiendo prácticamente a la mujer que antes besara, salí corriendo tras de vos, usando todas mis fuerzas para alcanzarte, pero con el resultado infértil de un sueño; mis piernas siempre unos metros más lentas que las tuyas, que huían de quién sabe qué bestia, aunque yo tuviera la sospecha, de que esa bestia, era yo.

Y en la carrera frenética por alcanzarte, imágenes que yo sabía eran terribles, pero que en el momento no podían importarme menos, se precipitaban a diestra y siniestra. Niños siendo mutilados por bandas de degenerados, mujeres muertas con mocosos desvalidos, desamparados muertos de hambre, y Dios sabe que no quiero recordar ahora mismo qué más, pues no podría, en este momento de conciencia, aguantar el espectáculo.

Y así llegué finalmente a un callejón muerto, sin salida alguna, y tu sombra que largamente perseguí, estaba ahora desvanecida, pensé que tal vez te habías filtrado entre los ladrillos de la pared, porque siempre habías sido un poco como eterea. Pero fue un pensamiento fugaz, tan fugaz, que ni a pensamiento llegó.
Desperté entonces, y con los músculos aun tensionados, sintiendo con mi lengua las yagas que en sueños me había hecho en las encías por friccionar los dientes, supe, sin dilación alguna, lo que tenía que hacer, y no dudé ya.

La Vecina

Un día descubrí con mucha sorpresa que mis vecinas del frente de calle eran lesbianas. Bueno, no lo descubrí yo, lo descubrió alguien y me lo comunicó: "¿Sabías que son lesbianas?" y yo sorprendido dije "no".

Me dije: Pero no importa eso, seguro son personas normales, como todas.

Resulta que igual yo no creía en lo que me habían dicho y dudaba, jamás las había visto hacer nada sospechoso que indicara esa naturaleza. Hasta que cierto día, las vi en pleno balcón intercambiando humedad a través de sus bocas. Comprobado entonces, dije: "Mirá vos".

En cierta otra ocación (porque han de saber que yo soy una persona que pasa gran parte de su día sentado en la ventana) que me encontraba así, sentado y tranquilo, viendo el mundo ir y venir, descubrí que la vecinita lesbiana engañaba a su pareja lesbiana con otra amiga lesbiana. Y dije: "Mirá vos".

Así siguieron los días y dio la casualida de que al cabo alguien me dice: "¡mirá, están mirando Venus!", y yo "nah", e ignoré todo. Teníamos prisa y no había tiempo de ver el mundo ir y venir. Pero así, resulta, que luego de un par de semanas, con ya todas las tareas realizadas y con la tranquilidad de que se tienen un par de horas para tirar por la ventana (literalmente), me encuentro con que en efecto, las vecinitas lesbianas miran el canal Venus (y con bastante asiduidad). Y yo me dije: "Mirá vos".

Así que luego de un largo análisis de la situación, y volviendo a mi planteamiento original, puedo decir con seguridad absoluta de mi afirmación, que: En efecto, estas vecinitas del frente, son como todo el mundo, gente normal si las hay.


PD para los de curiosidad morbosa: Las lesbianas, a pesar de la creencia popular, no suelen darse baños de crema en pleno living, ni reproducen el desenbarco de normandía semidesnudas con sus amiguitas de la "facu" (acto conocido comúnmente como orgía).



Concluyo.


=P

sábado, abril 22, 2006

Ni sé cómo titularlo =P

Bueno... Finalmente escribí algo ^^, van a ver que (no) valió la pena esperar tanto =D
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Como aquella vez que terminamos peleados, y nos fuimos cada uno por su lado. Encima que la gente pensó que nos sentíamos demasiado mal por los heridos, pero claro… No tenían nada que ver, la cosa era entre vos y yo. Y yo tomé por Independencia hasta rondó, doblé ahí y volví por Buenos Aires y te encontré cruzando la calle, me senté porque no sabía qué más hacer. Pensé que si me sentaba, no sé, iba a ser como que a eso había ido y que el encontrarte no cambiaba nada. Y vos me miraste con ese ceño fruncido tuyo, ese que siempre me desgarró todo porque realmente yo pensaba que me odiabas en ese momento, pero entonces no sé qué hice, y a vos se te escapó una sonrisita, y no pudiste contenerte y miraste para otro lado, riéndote como si te hubiese atrapado haciendo una travesura. Me acerqué y nos fuimos a alguna plaza, seguramente San Martín (porque era la más cercana), te acordás, que nos quedamos sentados un rato y charlábamos de cosas que ya no eran más, pero que volvían a ser, no sé, todo era tan tristemente alegre ese día, tan fugaz, porque aunque estábamos riéndonos como tontos, como enamorados, los dos sabíamos que no iba a durar nada, como cuando jugábamos al jenga.

Y finalmente nos arreglamos, como siempre hacíamos, nos arreglamos con risas y un par de caricias, como tapando más que arreglando, pero bueno… Así hacíamos vos y yo. Y volvíamos al accidente porque yo sabía bien que hacías mucha falta allá, que sin vos todo aquello iba a ser un caos. Y al llegar yo pensé que teníamos que separarnos, llegar cada uno por su parte, porque sino iban a pensar que nos fuimos por algo que no tenía que ver con el accidente (es decir, se iban a dar cuenta…) y la gente nos iba a decir cosas, nos iba a decir que éramos unos irresponsables que cómo podía ser y que en sus días la gente se cortaba el pelo y la carne valía la mitad. Entonces nos separamos, me acuerdo, y entre el despelote, los ruidos y la sangre de los hombrecitos esos accidentados creo que te perdí, y creo que ya no me acordé bien de por qué estaba ahí, y de sueño en sueño me perdí en alguna fantasía de esas en las que vuelo o tengo magia o qué sé yo qué pavada de pibe que soy (o quiero ser).

martes, marzo 07, 2006

Descripción III

"Me siento totalmente asfixiada por la única forma de liberarme.
Las palabras son mi piel."

Leí esto por ahí y, aunque ya me olvidé dónde, me gustó suficiente como para inspirarme alguna cosita... A ver qué sale.

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La linea se estira, casi un centímetro, entonces se quiebra de golpe, convirtiéndose en un ángulo, uno de noventa grados. A continuación, el quiebre describe un semicúrculo, cerrándose sobre sí mismo hacia la linea primera, dejando algo (sino igual) muy parecido a la letra "P". Así empieza un palabra, así nace. Con la primera letra, y casi automáticamente (como si fuese innato) las otras letra se agolpan formando la "Palabra" de turno, la que dará inicio (ya un poco menos natural) a la frase, frase que, a su vez, dará nacimiento a una idea, un concepto, párrafo o historia. Así empezó, así empieza y así empezará. Narración. La letra puede ser pintada con un instrumento gráfico (lease Lápiz, Lapicera o Dedo del Goteamiento Sanguinoliento) o simplemente pronunciada sin mucha discriminación, como pegada por artes mágicas a otra letra más, algo así como "pá", sílaba que suena más o menos como el sonido básico del infante (variación con "má", "dá", etc).
Así nace todo lo que vamos a decir o escribir. Así empezaron frases tan vanas como "mi mamá me mima" o tan importantes como "Se declara formalmente la guerra" (aunque a opinión del autor, es más importante el mimo de mi mamá que le guerra, por más formal y declarada que sea, qué sé yo). Y así empezó este escrito, el cual trata de dar sentido a algo que me rondaba por la cabeza antes de empezar a escribir, pero como sucede comunmente (desgraciadas del infierno) la idea decidió perderse en cuando puse las manos sobre el teclado.
La intención primogenea de este escrito fue crear algo que fuese acorde con el tinte emocional que cubre mis días (o sea, tenía ganas de contarles cómo me iba y eso), pero terminó teniendo un tono un poco más cómico de lo que yo esperaba. Será que está en mi eso de hacer chistes cuando menos quiero y ninguno cuando debería (soy como un tipo aburridísimo y molesto a dos manos).
"Sí, pero al margen", este post es de relleno, puesto para que lean la frase primera que me gustó mucho y para demostrarles lo bien que puedo describir la creación esotérica de las palabras y demás (vease que cuanto más común es un hecho, mayor su connotación mística al describirlo).
Sino se reiron hasta ahora, me rindo =P, no tengo capacidades irrisorias.
Saludos para unos, namaries para otros.

sábado, marzo 04, 2006

Pasos y pasitos

Pasitos diminutos. Pasitos inútiles. Pasitos, pasitos. Pasitos que no pueden sortear las raíces, que no pueden evadir las ramas muertas, las ramas vivas. Pasitos, pasitos de niña buena, que corren, que la corren, ella los usa, y ellos la corren, la ayudan. Pero son pasitos, los pasitos no logran diferencias, no salvan distancias. Pasitos, pasitos; pasitos de niña.

Pasos inmensos. Pasos viciosos. Pasos, zancadas. Pasos que acortan en un segundo las distancias, que arrastran el peligro, que lo llevan consigo. Pasos, pasos de lobo malo, que persiguen, que lo corren, él los usa, y ellos lo corren, lo ayudan. Porque son pasos, pasos que alcanzan objetivos, pasos de cazador, de bestia. Pasos, pasos; pasos de muerte.

La niña jadea, desesperada, asustada, lloriquearía si pudiera, pero aun no ha tomado conciencia de lo que realmente va a suceder, pues es una niña y aun no tiene la experiencia, no fue devorada todavía, y como viene la historia, no lo será después. Se tropieza, sus rodillas le duelen porque dieron de lleno contra una piedra (roma por suerte) y ahora la piel le sangra y las fuerzas se le escapan por las heridas, como si fuese agua que mana por las tuberías dañadas ¿Pero qué importa? En pie, y de vuelta a correr. Los bucles dorados, una vez perfectos, están ahora enmarañados, sucios de barro y de lágrimas, de mocos y miedo. El aliento lujurioso en la nuca, lujurioso de sangre, de carne. Su pequeña caperuza desgarrada de un zarpazo invisible, lo poco que quedaba de su valor hecho jirones, sus fuerzas doblegadas, las rodillas vencidas, ya no puede más, sus piernitas (hechas para dar pasitos) no pueden aguantar ese ritmo.

El lobo da un salto, la rodea, salta de una piedra hacia un árbol como una pelota que pica, hasta quedar encima de ella, regocijándose de su victoria, de la cacería fructuosa. Abre las fauces y envuelve la cabecita de la niña, la niña que cierra los ojitos, ojitos hechos para ver el sol, las flores, a su madre, a su padre, pero nunca unas fauces, ni de lobo ni de hombre, ni de nada; las fauces no son lo que esos ojitos deberían ver, por eso se cierran.

El lobo ya siente el sabor de su piel, porque la lengua le cae como muerta sobre la carita de la niña, y saliva, saliva de loco placer, frenética hambre insaciable de lobo asesino. Y de un golpe las fauces se cier…

No.
Así no es, así está mal. Esta historia no existe, porque no puede existir. Así no debe ser, estuvo mal desde el principio.
Sí.

Una manito pequeña, una manito de niña, agarra la garganta del lobo, la aprieta, como si fuese una flor en el prado, la aprieta con fuerza, un segundo, dos segundos, tres segundos: la garganta cede, se parte, se rompe.

Garganta gruesa de lobo malo, garganta hecha para tragarse niñas, abuelas, leñadores. Garganta rota de lobo malo, garganta hecha para tragar aire, inútil ahora. El lobo intenta retroceder, sus fuertes piernas no entienden, antes eran fuertes, ahora ya no. La niña lo aferra por la garganta, aprieta con más fuerza, aunque ya la rompió sigue apretando, quiere hacerla polvo, porque antes no tenía valor, no tenía fuerzas, y ahora sí; tritura.

El lobo patalea, intenta gemir, intenta zafarse, luchar, sacar fuerzas de la galera. Pero para todo esto necesita su garganta. Las patas del lobo se retuercen, arañan, desgarran las ropitas de la niña, remueven la tierra húmeda del suelo, escarba en busca de alivio. Ya se rindió, ya sabe que no puede escapar; escarba en busca de la muerte, pero ésta no llega.

La niña se pone en pie, desnuda, sostiene aun al lobo, al pobre lobo, lobito. La niña es grande ahora, su mano no se abre, no quiere soltarlo, le aprieta el espíritu, lo tortura, porque ella sabe que si lo suelta él se muere, y ella no quiere eso. No, no, aun no. La niña lo sostiene sobre el suelo, su cuerpo inerte, pobre lobo, sin esperanzas de alivio, de muerte.

Y ahí la sonrisa le nace, la sonrisa de lobo, se relame, se regocija de la cacería fructífera. Parece que va a reír como reiría una niña, pero de su garganta de niña sólo sale un aullido, uno lleno de lobonidad, de hambre, de lujuriosa sed. Y la sonrisa se le borra, devorada, la pobre loba, pobre. Pobre niña lobo, qué culpa tiene.f