sábado, abril 26, 2008

Una tierra recóndita

Hoy, clase de Dibujo I, tema Técnica Transfer, consigna: armar una secuencia de imágenes en torno a una historia.
resultado:

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Había una vez un lugar recóndito al que gran cantidad de intrépidos querían acceder, sin embargo eran poco los que lo lograban y muchos los que morían en el intento.
Un día llegó un hombre gordo, compró unos cuantos helicópteros y con ayuda de algo de dinamita y cadenas, secuestró el lugar recóndito y lo trasladó a la gran ciudad.
Así, transformó aquella maravilla natural en un espectacular parque temático, y ya no llegaron a él lo más intrépidos, sino todo aquel que tuviera cinco malesquitas y dos botones (que siempre le andaban faltando a nuestro gordo querido, que los perdía a cada comida).

Fin

lunes, marzo 17, 2008

Relatación Cronolípeda

Se mueven sus pies, arrastrando la realidad consigo, moviendo las veredas en todas direcciones, haciendo que las paredes avancen, mostrando nuevos escenarios para observar con extrañeza. La noche es densa por ahí, dejando lugar a que la oscuridad conspiradora se filtre por las grietas de las paredes, que como venas, recubren los edificios. Hay un algo esta noche, un halo que recubre los árboles de la plaza, las calles del boulevard, los bancos de la vereda; una sensación que lo inunda todo, naciendo del mundo y muriendo en él. Y sin embargo no recuerda haber bebido.

Se dice esto mismo con aire serio: no recuerdo haber bebido. La realidad tiembla. Y sigue hablando para sí: pero si no bebí, entonces, por qué todo se ondula de esta manera, por qué me siento tan extraño ante lo cotidiano. Y camina con pasos ciegos que no lo acercan ni alejan de nada; se deja perder un poco por la inestabilidad; se deja vencer otro poco por la angustia; se deja abrazar por la desolación; acepta todo esto de buena gana, con una sonrisa tarada en la cara.

Así lo invade la sensación: aquella fuerza que se apodera de sus sentidos, alejando todo lo que perciben, volviéndolo ilusión. Así puede enfrentar aquello que no comprende. A veces me doy cuenta, mirando una escalera, que más allá del recodo me espera la nada; comprendo que si intentara yo trepar sus escalones, uno a uno o de dos en dos, al llegar arriba la realidad se vendría abajo, encontrando la nada al doblar abruptamente. Y siento sin miedo a equivocarme, que estoy siendo testigo de algo terrible, algo que no debía ser presenciado por ninguno. Pero nunca trepa la escalera, mejor dejarla olvidada. Y no sólo con escaleras me pasa; a veces también al seguir ciertas líneas de pensamiento. Me doy cuenta, y tal vez exagere, de que concluir aquella idea haría que mi mente dejara de existir.

Pero el universo sigue ahí, mirándolo fijamente, aunque él trate de hacerle ojos ciegos. Siempre he preferido no mirarlo, es difícil porque es grande, y sin embargo se puede hacer; ignorar las grandes luces, tan llenas de nombres ingeniosos y logotipos hermosamente diseñados. Siente al final que las fuerzas no lo sostienen ya para mucho más, y se decide a volver sobre sus pasos; andar un poco hasta llegar a algún lugar seguro donde pueda meterse en alguna oscuridad conocida; y desde ella mirarse para adentro, seguir buscando eso que tanto lo esquiva.

Pero sucede entonces que durante la noche un rostro extraño, de enormes ojos y sonrisa perdida, con el rostro bien pegado al suyo, se le aparece para mirarlo fijamente. Quién sos y qué querés le pregunta, pero la cara no responde; es un fragmento nada más, no llega a ser alguien de verdad. Pero los ojos son muy nítidos, casi le parecen de verdad, que no están en su mente sino fundidos en la sombra densa. En la sombra densa…


La realidad es un sueño con el que se nos engañó; de reojo, mientras miraban al horizonte, nos dijeron que era importante, que era sólida e indiscutible. Luego crecimos, y tuvimos dudas, incertidumbres, colores incompletos que formaban un arco iris sin sentido. Pero entonces es cuando nos sumamos a los que mienten, y cerrando los ojos empezamos a cubrir los huecos con carteles, con imágenes, con metas vacías, con recuerdos bonitos, con sonidos simpáticos.

martes, marzo 04, 2008

Contraste de tonos

"..que pintando con tonos claros a uno y con tonos oscuros al otro, haremos que el primero se vea más grande que el segundo (aunque normalmente no lo fuera). Pero entiéndase que ésto es sólo una ilusión."

lunes, febrero 18, 2008

Sin Título IX

Eras hermosa, sentada en mi sillón, mirando en mi cara todos los secretos que querías ocultar de mí. Te veías hermosa mientras encontrabas en mis ojos toda tu tristeza, y la reflejabas sobre los tuyos. Es cierto que de haber podido yo la hubiera disipado agitando las manos, de un grito, con un golpe seco o, por qué no, con un beso tierno. Es cierto también que, de haber podido, le habría hecho frente, y la hubiese aceptado por aquel entonces.

Pero la vida no se da tan fácil, ni tan clara. Se sucede sin darnos mucho tiempo, sin permitírsenos un respiro y solamente podemos pensar sobre lo que ya pasó, analizar lo que ya no se puede cambiar, aprender para lo que vendrá. El hoy es un territorio indómito e incomprensible.

Pero eras hermosa, y eso me dejó el corazón marcado.

martes, enero 22, 2008

Sobre un río

Cantaba a lo lejos la cigarra tan despreocupada como siempre, indiferente de nuestra realidad y los peligros que nos rodeaban. Cantaban, junto con ella, una orquesta atroz de criaturas que no conozco, de bestiecitas diminutas y mortíferas, o tal vez inmensas e inofensivas (excepto por las bocas, las miles de bocas). Y mientras meditaba en esto, fingiendo alguna distracción superior -algún grado de profundidad mental que me provocara forzosamente mirar al horizonte, cuando en realidad lo hago porque simplemente mirar al aquí, al hoy, al presente, suele ser demasiado terrible-, me di cuenta de que no sabía cómo habíamos llegado vos y yo a este lugar; se parecía tanto a una pesadilla, pero, cómo era posible que, estando con vos, viva esta alma mía una pesadilla... cómo era posible.

Y sin embargo era tan parecida tanto, que sino fuera por algunas cosas, yo diría que no fue otra cosa. Vos en tu diminuta balsita, tan al borde de caerte en esa agua espantosa, en esa agua putrefacta, infecta de bestiecitas, de animalitos, de bichitos, de mostritos. Y yo en mi diminuta balsa, también; yo también sentía esa inminencia de abismarme y dejar de ser, devorado por las alimañas. Digo yo también, y sin embargo, había en tus ojos tranquilidad y lejanía; había un no sé qué de indiferencia a la realidad terrible que nos rodeaba; y digo, yo también porque, en cambio yo, me hacía nudos de preocupación por vos y por mí. Y por si no era poco, también por las bestiecitas, tengo que admitírtelo.

Flotando sobre ese río, ese río tan río, a la buena de Dios, siguiendo la balsa mía a la tuya, sin saber bien por qué ya que era yo el que quería salir, no vos; adentrándonos cada vez más, tanto más que pronto-pronto se haría imposible volver; y a mis pies, esos pies tan grandes que no calzan en esa balsita diminuta, rodeados de pececitos bonitos de pocos colores pero muchos dientes, saltando del agua e intentando llevarse uno de mis dedos como recuerdo, pero había que impedírselos; volver los pies unos ovillos enmiedados, ovillos de pies con personalidad, la personalidad de no querer perder los dedos, para mantenerse íntegros.

Entonces no sé qué habré visto, sobre una de esas orillas húmedas de los médanos ínfimos, un algo que resplandeció y yo tenía que tener. Sospechaba que era morirme, saltar de la balsa, dejar su superficie diminuta pero segura y pasar a la otra, tal vez menos diminuta, tal vez más insegura, pero definitivamente varada, quieta, olvidada.

Pero hay cosas, ciertos destellos, que los hombres desde que son hombres, desde que recorren el mundo en dos patas y llevan en las manos huesos o piedras o lanzas o pinzas, no pueden ignorar. Y yo soy hombre.

Y di el salto, saltito en realidad, pero qué atroz, qué diferencia ahora con el barro que se me pierde entre los dedos, o los pies que se me pierden entre el barro, sin saber qué hay debajo de él, sin saber la cantidad exacta de mostritos que quieren llevarse mis deditos; enturbiando las aguas próximas, aguas pantanosas llenas de cositas, llamándolas a las cositas: acá estoy, tengo deditos para que se lleven, tengo vida para que me quiten.

Me acuerdo que te pedí, o tal vez quise hacerlo pero no me animé, que te pedí que no te fueras. Esperame, te dije. Me acuerdo, o quiero acordarme que te diste vuelta un ratito, a mirarme pensé yo, pero no, qué equivocado; te diste vuelta, sí, pero no a mirarme, sino para que yo te mirara, para que yo me supiera tu cara, tan indiferente como antes, tan indistinta de los bichitos de abajo que acababan, si te distraías, con tu persona, que acababan, si me distraía, con mi persona; pero vos impasible. Y vos querías que yo viera, que yo te supiera así: indistinta.

El problema, en realidad, fue mi balsa. Tan estúpida que sin fijarse que yo ya no iba siguió a la tuya que se alejaba por los capilares de ese río atroz. Levantaste los hombros, mientras me mirabas, diciéndome tal vez “no hay nada que hacer, ajo y agua”.

Ya no estabas. Y era cierto: qué le vamos a hacer. Olvidarte.

A vos sí, pero no al destello. Recordarlo, buscarlo, buscarlo un poquito más, encontrarlo, mirarlo, estudiarlo… agarrarlo. Tal vez debí estudiarlo un poquito más.

Había en ese médano sobre el cual bajé, algo que resplandecía de a ratitos, cuando la luz era apropiada. Algo como una perla oscura, que me llamaba. Bajé de mi balsa y me decidí a encontrarla. Con la mano desnuda intenté atraparla, se movía me parece. Al atraparla, un dolor intenso me obligó a sacudir la mano, con violencia; para qué. Las perlas oscuras, los ojos de bestiecita; tan grande como una mano, con tantos dientes, tantos colmillos purulentos, ricos en alguna proteína no muy sana, en algún tónico cerebral que alterara mi percepción pobre de por sí, nula en ese momento.

Me tambaleo, lucho un poco contra el entorpecimiento, la atrofia, y camino sobre los bordes diminutos que conectan un médano con otro. Hacia dónde camino, busco ayuda seguramente, pero sé que está lejos, que esa ayuda no va a llegar, que los venenos son más rápidos que las ayudas. Además, aunque ustedes tal vez se olvidaran de las bestiecitas del río, aunque tal vez se olvidaran de que desean fervientemente llevarse de recuerdo alguno de mis deditos, créanme que ni ellos ni yo nos olvidamos. Imposible, si a cada paso, a cada tropiezo, se relamen, se revolotean locos de placer por el inminente recuerdo, souvenir de un torpe explorador que mostrarán a sus nietos diciendo: medía tanto y pesaba tanto otro, era fiero como pocos y se movía con gran destreza, pero finalmente lo atrapé.

Dicen que el hombre desde que es hombre ha sido curioso. Y dicen también que no escarmienta a la primera sino a la tercera, pero que algunos escarmientos son tan duros que no llegamos. Dicen eso, y yo les creo.

Por ahí nomás, a pocos metros del primero, encontré otro médano solitario, con destellitos hermosos que me atraían. Qué estúpido dirán desde sus sillas, y seguramente estaré de acuerdo: qué estúpido. Tal vez fueran los tónicos cerebrales, pero yo no creo; algo mucho más fundamental en las personas, algo mucho más inexorable y natural. Pero el caso es que para allá fui, en busca de las perlitas, para buscarlas y mirarlas y estudiarlas (pero no lo suficiente) y agarrarlas. Si tan bonitas son que uno (o yo) no puede dejar de querer agarrarlas.

Perdónenme el suspenso innecesario, el detenimiento en detalles que ya se han descrito, que ya se han contado (no sólo acá, en este relato, sino mil veces más). Perdónenme si de repente me he vuelto impreciso para avanzar sobre la línea de acontecimientos; si lo hago, no es porque haya perdido el hilo, o esté ya demasiado imbécil como para pensar. No, no. Es por otra de las cosas esas tan inexorables, que llevamos tan adentro, de esas que nos arrastran a lugares incómodos: ese incontenible deseo de no aceptar lo inevitable, aun cuando fuimos artífices principales del proceso.

No quiero, basta. Mi mano se estira en busca de la perlita hermosa, negrusca y resplandeciente, pero no quiero. Si ya sabemos… mano tonta, que no aprende.

Se cierra sobre la perla, y la perla se cierra sobre mi mano, picando, mordiendo, agitándose, inyectando; destruyendo piel, carne, nervios, músculo. Qué dolor, ay ay. Qué hay en mi mano, me pregunto dando vuelta el dorso para dejar la palma descubierta. Qué sorpresa, un mostrito.

Un dolor que nace en la mano y se esparce a todo el cuerpo, especialmente hacia el alma. Un tambalearse seguro de que ya no hay tierra que ponga firmeza en este cuerpo. Una paz que me llena los pies diciéndoles que ya está, que ya no tienen que cuidar los deditos, que pueden regalarlos para recuerdo, que pueden olvidarse un poco y dormir. Una paz bonita pero triste, que me ahoga de a poquito, dulcemente, el alma.

Y cerré los ojos, dejándome llevar a las sombras tranquilas del sueño. Del sueño que se alcanza despertando. Y tal vez te recordara en ese momento, alzando los hombros y torciendo la boca, diciéndome con los ojos Ajo y agua, mala suerte. Ya fue.

Un mostro lindo

Lindo, sí, pero con un humor peculiar; la confusión de entenderlo todo demasiado bien.

Info: carbonilla

jueves, enero 17, 2008

Y por qué no Sin Título también?

Comprender finalmente una verdad superior. Comprenderla con la piel y no poder expresarla en palabras. Sentir en el corazón una paz que tampoco se diga con palabras, sino sentirla, y ya está. Tener la seguridad de que las cosas son. Amanecernos de un color y atardecernos de otro. Estar tranquilos con las sombras, los espejos y las ventanas; con las luces también. Y no pretender mucho más que una palabra amable o un gesto de corazón.

miércoles, enero 16, 2008

Sin Título VIII

Info: Carbonilla y algodoncito =9
la opción "sin título" fue uno de los mejores inventos.

jueves, enero 03, 2008

Sin Título VII


Tururin, turulado
este cuento se ha acabado.

martes, enero 01, 2008

La Ventana VIII

Una sola página =9, espero les guste, me divertí dibujándolo.

Abrazo =)