lunes, octubre 23, 2006

Sin Título III

Yo te miraba caminando, vestida con esas ropas elásticas y ajustadas que, de tan ridículas, te quedaban preciosas; con toda tu delgadez imposible, tan flaca que los pechos se te marcaban apenas y las piernas se te hacían como las patas de un monigote… mi monigote; te seguía de cerca tratando de no meterme en tu mundo, porque lo más bonito de todo en esas salidas era verte hacer lo tuyo, indistinta de mí. Te acercaste a un lapacho mal florecido para treparlo, pero a la mitad del impulso te alcanzó la vergüenza y te volviste, para saber si yo te había visto, con tu sonrisa toda colorada. Demasiado linda para eso, te pregunté, y vos me asentiste, aunque no estabas muy convencida.

Yo en cambio no tuve ningún problema con treparme a una de esas piedras tan llenas de estática que se quedan echadas en las costas, vagueando. Pero me bajé rápido porque las palmas me hacían cosquillas y poco a poco se me descomponía el estómago; de un salto caí cerca de vos, y con la punta del dedo te di una patadita; vos, muriéndote de risa, me dijiste Yo también puedo hacer eso, y ahí nomás como si qué, me besaste. Y era cierto, fue cierto: vos también podías hacer eso.

Cuando nos alcanzó la noche nos sentamos en la playa, al lado de una fogata que improvisé con tu ayuda, es decir, que vos hiciste mientras yo miraba. Pusimos tu remera al fuego, como se acostumbraba en esa época, y dejamos que nuestros ojos se perdieran en las llamas rojiazules sin decir palabra. Así nos encontró la pasión y nos invitó a caminarnos; primero yo que, con mis manos, toqué tus pechos lentamente, con intención. Vos, en cambio, me hiciste el amor de un tirón, sin pensarlo, sin querer; como el tigre que devora al conejo de un bocado, también sin querer, porque es su naturaleza devorar y nada más sabe hacer. Así, vos seguiste lo que había en vos, y sin pensarlo, sin saberlo, me cambiaste la vida.

Y yo te amé también, al menos ahí, en ese momento, aunque nunca más te volviera a ver. Porque al otro día, con vos hablándome de lo linda que sería nuestra casa juntos, nuestros hijos juntos, nuestra vida juntos, cuando yo te estaba pidiendo que nos casáramos, ya sabía que vos no eras más vos si no otra, alguna que se te parecía, que hacía todo como vos, pero para nada la misma.

4 comentarios:

Faro dijo...

Es cierto que este es un estilo sobreusado estos días y que la verdad ya me tiene harto, pero creo que contar esta cosa de otra forma no hubiese quedado demasiado tragable.

Besitos y abracitos... =P

Anónimo dijo...

No era necesaria ninguna justificación, Faro. Es realmente lindo.
Y no pienses que por ser un tema usado hasta la saciedad, no tiene su encanto como cuentito. De hecho es de los -pocos- más frescos y ligeros que he leído enmarcados así.
A mí me ha encantado, fue como una pincelada. Muy, muy lindo :)




Un saludete

Anónimo dijo...

Me gusto mucho Farito, es un texto que tiene mucha frescura e inocencia. No pierdas eso nunca =)

Santiago dijo...

Un lindo relato para una esperada (?) vuelta. Saludos Maha.